Mis inseparables colaboradores, mis amigos.

Mis inseparables colaboradores, mis amigos.

Y fue entonces, al girar sobre sus talones para regresar al cuarto de baño, cuando se percató de que no estaba solo. Su primera reacción fue de sorpresa, después empezó a notar el calor del miedo.
Beatriz estaba frente a él, recién llegada a la escena, casi desnuda o, apenas vestida, con un atuendo sensual y deportivo que acentuaba todavía más su natural belleza. Un pantalón corto y gris ajustado hasta el infinito, un top, blanco, y corto, y ceñido, y tan escaso, que apenas conseguía ocultar los redondos pechos, una cinta blanca sujetaba su cabello aunque pasaba por completo desapercibida. Sudaba profusamente, pequeñas gotitas traviesas se tambaleaban descendiendo por su piel levemente bronceada. Esa imagen que disfrutaban sus pupilas y padecían sus creencias, debía constituir una grave ofensa. Los labios sensuales, carnosos, entreabiertos, no conseguían capturar la atención de los ojos de Pío que insaciables recorrieron, junto a una gota de sudor, el camino hacia el pecado. Así descendieron por el cuello terso y erguido hasta unos delicados hombros y un poco más allá descubrió unas atractivas prominencias eréctiles que se dibujaban con descarada contundencia oscureciendo la tela y desafiando la resistencia del top. Beatriz estaba fuerte, había entrenado duro y el resultado era espectacular, unos senos rotundos, un derrier de curvas bien delineadas que eran sólo la desembocadura de unas piernas largas y suaves. Para culminar un cuerpo perfecto, su vientre firme de marcados abdominales que subían y bajaban al compás que los turgentes pechos marcaban.
El padre Pío, sin poder hablar, sintió que algo inundaba su boca, los labios se abrieron para no emitir sonido alguno, tenía mariposas revoloteando por su pecho, caballos desbocados galopando dentro de su corazón, serpientes enroscadas en un nudo tenso en el estómago y un ligero temblor por debajo de la línea de flotación.
Bea no miraba a los ojos que la desnudaban devorándola, sus miradas no se encontraban pues estaban en otros menesteres, ella miraba un tanto incrédula la camisa abierta del sacerdote y el leve movimiento de expansión que el pantalón vaquero no conseguía ni atenuar ni disimular. No estaban guardando el debido decoro.
Al fin sus ojos se encontraron, sus miradas se cruzaron y enlazadas, fueron conscientes de que se atraían, entonces apareció el rubor. Él, avergonzado, sonrojado por sus pensamientos impuros y por sentirse deseado. Bea, sorprendida por observar con lascivia, por mirar con ojos de mujer a un sacerdote.
<> pensó ella sin saber exactamente si los religiosos tenían una característica física en particular.
<> pensó Pío sin saber qué magia le impulsó a mirar, ver y admirar como hombre, por primera vez en su vida.
Salió disparado hacia su habitación tartamudeando unas frases que ni él, ni Bea, ni Dios, ni nadie, fue capaz de comprender.
Cayó de rodillas junto al lecho y rezó, con toda su fe, rogó que se borraran de sus retinas las imágenes que con la tinta indeleble de la pasión se habían grabado a fuego perpetuo.
Bea trató de sonreír ante la comprensible timidez del sacerdote y no pudo, estaba acostumbrada a gustar a los hombres pero no a que le gustara gustar a alguien especial, esa circunstancia desconocida atenuó su sonrisa.
Él, inmerso en oración, ella, sumergida en la tibia y limpia agua de la ducha, pensaron en lo peor, ¿cómo se iban a comportar de ahora en adelante cuando estuvieran juntos? El trabajo a partir de este instante iba a resultar un tanto más complicado. Resignados, salvados, intactos, mientras esperaban…
Y esperarían eternamente las caricias de sus pieles.

Este fragmento de El castillo del Águila fue coescrito, en su día, a tres bandas. El trío Mala U.V.A.

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2 comments

  1. Mi querido amigo, muchas escenas como esta y provocarás el deshielo inmediato de los polos. Soberbiamente tensa y sensual.

    Por cierto, a ver cuándo MALA U.V.A. vuelve a hacer de las suyas…

    Un abrazo.

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