El héroe equivocado

El héroe equivocado

Parece que la revista Vivir Valdemoro dice adiós de forma definitiva, como no saldrá ya el artículo que escribí hace tiempo, lo pongo en mi blog.
El héroe equivocado, la historia de Hiró Onoda, espero que os guste.

Llega mi hijo del colegio muy contento, les han hablado de la paz. Les han explicado la vida de un tal Gandhi, han hecho actividades encaminadas a inculcarles ese sentimiento de Amor, de No violencia, de Paz. Trae el cuaderno y la cabeza llena de frases grandilocuentes: “Las guerras las ganan los estados y las pierden las personas”; una de Luther King: “Si quieres la paz prepara la paz”; y claro, una de Gandhi: “La no violencia es una meta a la que tiende la humanidad, aunque sin saberlo”. Lo habrán adivinado ya, hoy es 30 de enero, Día escolar para la No violencia y la Paz.
A todos los padres nos enorgullece que nuestros hijos en el colegio desarrollen estas actividades y agradecemos que se les inculquen estos valores, pero… ¿no nos estamos olvidando de algo? Educar a los niños para la no violencia, encaminarlos al diálogo y la tolerancia es labor de los profesores, sí, pero también de los padres y también lo es de la sociedad, no lo olvidemos, los futbolistas famosos educan, los actores y cantantes famosos educan, todos los que a diario salen en la televisión y en los medios de comunicación, educan… o mal educan. Si un futbolista se comporta como un energúmeno en el campo nuestros hijos, que idolatran a ese personaje, aprenden de sus actos, así que mucho cuidado.
Yo que me las doy de contador de historias, he decidido contar una historia a mi hijo, no me la he inventado aunque la he ido acoplando según me interesaba para transmitirle lo que yo quería contarle. Con permiso se la cuento a ustedes. La he titulado “El héroe equivocado”.
Hiró Onoda era un joven teniente del ejército japonés, tenía 22 años, había sido entrenado para cumplir con todo lo que le ordenaran sus superiores, por eso un buen día le encomendaron una complicada y peligrosa misión. Era diciembre de 1944, plena Guerra Mundial, le trasladaron a una isla de Filipinas con la misión de introducirse en las líneas enemigas, realizar vigilancia, hostigar mediante guerra de guerrillas con sus soldados al ejército estadounidense que pretendía invadir la isla, destruir posibles lugares de aterrizaje y puertos para que no desembarcara el enemigo y sobrevivir de manera independiente hasta que recibiera nuevas órdenes. Tenía terminantemente prohibido rendirse y suicidarse.
Cuando Hiró llegó a la isla se le asignó un destacamento de soldados y comenzaron a cumplir con las órdenes, no obstante, unos meses después el ejército estadounidense consiguió desembarcar e invadir la isla. Los soldados de Onoda lucharon contra el enemigo pero estos eran más numerosos, solo el teniente y tres soldados sobrevivieron y se refugiaron en las montañas. Allí trataron de continuar cumpliendo con la misión asignada, atacando al enemigo cuando podían, y dificultando en lo posible la permanencia en la isla del ejército americano.
El 15 de agosto Japón se rindió y terminó la guerra, sin embargo ellos no se enteraron y continuaron con su misión. Un día de octubre encontraron un folleto en la selva que decía: “La guerra terminó el 15 de agosto de 1945. Japón se rindió y todo terminó. ¡Bajen de las montañas!”
El pequeño destacamento tras estudiar el folleto que parecía enviado por sus compatriotas, decidió que era falso, una estratagema del enemigo para hacerles salir de su escondrijo y prenderlos, era falso, seguro, ¡Japón jamás se rendiría! Hablando de rendiciones, uno de los soldados se hartó de la situación, llevaban año y medio así, escondidos, asediados, sin comida… se fugó una noche y se rindió, eso constituyó un grave problema para su seguridad, les obligó a los demás a ser más prudentes, ahora ya sabían los enemigos por qué zona se ocultaban.
Hiró no lo supo pero su compañero, tras seis meses perdido en la selva, se entregó al ejército filipino. Al contar el japonés a los filipinos la situación, lanzaron desde un avión cartas y fotos de familiares instándolos a rendirse, pero llegaron a la conclusión de que se trataba de otro engaño.
Uno de ellos fue herido en un tiroteo con agricultores locales cuando atacaban al ganado para procurarse comida. Otro murió abatido por la policía filipina en octubre del 72, 27 años después de terminada la guerra, cuando los dos soldados continuando con sus labores de ataque al enemigo quemaban la cosecha de arroz de una aldea. Solo quedaba el teniente Onoda que había sido oficialmente declarado muerto hacía años por su gobierno, sin embargo, tras el incidente la policía filipina encontró el cadáver de su compañero vestido con el uniforme de guerra y pensaron que podía seguir vivo. Enviaron grupos en su busca, aunque ninguno tuvo éxito, imaginen el riesgo que corrieron, Hiró creía estar en guerra y que eran enemigos y por añadidura estaba armado.
El 20 de febrero de 1974, un estudiante japonés que había conocido la historia de Onoda y salió a buscarlo, lo encontró, consiguió convencerlo de que no era un espía y se hicieron amigos. Cuando le explicó la situación, el teniente no lo creyó y se negó a abandonar las montañas si no recibía orden de su superior, el general Taniguchi. El estudiante regresó a Japón, contó lo sucedido y dio la casualidad de que el general aún vivía, se había convertido después de la guerra en un pacífico librero. El librero-general fue a la isla e informó en persona a su teniente de que todo había terminado, eso ocurrió en marzo de 1974, casi 30 años después de terminar el conflicto. Hiró, obedeció tal como se le había enseñado, la orden de su superior y se rindió entregando su espada. Lo primero que visitó en su país fue su propia tumba.
Hiró había matado a más de treinta inocentes en aquellos años de ignorada paz, había destruido propiedades y participado en tiroteos contra la policía filipina, a pesar de ello se le indultó teniendo en cuenta las circunstancias extremas en las que los delitos se sucedieron. Sin embargo, Hiró, se dio cuenta de que había causado daño a personas inocentes por su ardor guerrero y su ciega obsesión por obedecer, desde entonces su obsesión fue inculcar los valores correctos a los jóvenes. Creó una escuela para adolescentes y ayudó, tanto económicamente como con su experiencia, a los jóvenes a recuperar los valores perdidos y sobre todo trató de estimular en ellos el respeto y la vida en la naturaleza. Escribió al menos un libro, “No rendición, mi guerra de 30 años”. Falleció el pasado 17 de enero. Tenía 91 años, incluyendo los más de 30 que la estúpida guerra le robó.

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