Otra vez la puta lluvia

Se me hace que esta noche viene muy cerrá, que esta noche va a ser muy oscura.

A lo peor hasta se nos va metiendo la noche en aguas y hacemos aguas como buen o mal Titanic y tenemos que ir a buscar una tabla e incluso a pelearnos por ella. Al menos no deberemos preocuparnos de la luna, parece que esta noche si habrá, esta mañana había y en su defecto la puedes traer tú,… en tu bolso.

De la luna no voy a preocuparme pero si de la lluvia, ha habido veces en las cuales la lluvia me ha amargado la vida y aunque ya escampó, todavía tengo miedo a mojarme en exceso y a que el aguacero me pille sin paraguas. La única forma de lluvia que podría soportar es esa que sea tan fuerte que me arrastre y me convierta en río y me lleve a morir en tu mar. Mientras esa lluvia dorada me llega y aguardo el derecho a llegar al mar, no puedo más que exclamar…

¡Otra vez la puta lluvia!

Llueve sobre mi alma y en mojado pienso en todas las veces que no supe decir que no. Llueve con alma y encerrado tras el cristal empapado pienso en las veces que no supe decir que sí. El mar ya no se acuesta en tu cama, su agua no cabe en tu alcoba, la lluvia no cabe en mi alma; me desbordo y sin calma te amo en el secreto de mis lágrimas.

Llueve mi alma, se rompe en trozos y se vuelve a fragmentar en pedazos más pequeños y se va vertiendo, se va divirtiendo cada uno de los fragmentos que se posan mojando tu sábana y…, te hago charcos. Se desvela mi noche, se me rebelan los reproches… me doy cuenta de repente, como si un puñetazo repentino me abriera el ojo en vez de cerrármelo, me doy cuenta, sí, llego a la conclusión de que se me van vacíos los años; percibo que no me vierto ni me divierto con lo que hago. Ya no.

La humedad cala el tuétano de mis huesos y la excusa del trabajo no me sirve para explicar mi reuma. Acabo de perder una batalla perdida, una de esas que a toda costa quería ganar; he perdido una guerra que no era la mía y sigo hundido en el fango fétido de la derrota porque para mí no ha terminado la lucha aunque ya estoy perdiendo otra contienda.

Mi bandera está hecha añicos, (como la de los Arenales), y, llueve sobre tierra mojada de tristezas, anegada de insomnios, llueve sobre tú colchón, sobre mi alma, sobre su espalda. He perdido una partida en la cual no jugaba, he perdido una mano sin tener ni buenas, ni malas, ni marcadas las cartas; mi destino es su tahúr y las trampas de la vida son su vida; cuando me quede sin blanca pediré lágrimas prestadas a la lluvia, robaré besos prestados a tus labios, coleccionaré fracasos sobre deudas y compraré un pacto con el diablo, un pacto de caballeros que no cumpliré.

La puerta de su habitación está cerrada aunque se han caído las paredes, veo como se aleja entre escombros y sé que volverá derrotado de su batalla, de mi guerra, de esta vida perra y canalla, de putas lluvias… volverá sin haberse ido, como el hijo prodigo que sin querer ser ha sido, sin razón en el corazón, sin calma en el alma, sin lluvia en las lágrimas.

Quizá pueda jugar otra partida y tal vez tú también, sin embargo yo no, ya no tengo sueños para emprender nuevas revoluciones, no puedo arriesgarme a nuevos revolcones que quizá fueran definitivos; no tengo hechizos con los cuales embaucar a la alborada, no me queda calor con el que regar su jardín, no tengo armas que disparen amor, ni ilusiones, ni suerte; las armas que guardo en el desván de mi alma no atraen suerte sino muerte y yo ya no soy tan fuerte.

Enciende tú las estrellas, ¡qué encienda él sus estrellas!, yo ya no tengo la chispa necesaria, se me apagó el día, la puta lluvia empapó el ocaso de sequía y aunque esta noche se merece otra ronda no seré yo quien la pague, acabo de terminar la mía y mi tren circula en otra dirección por la otra vía.

Recuérdale que no se olvide de devolverme las zapatillas, da igual en qué estado estén, mojadas, rotas, llenas de barro… da igual, lo que importa es no ir descalzo, no quiero ir descalzo a mi último refugio, a la estación del olvido.

Hoy llueve, llueve pedazo a pedazo mi alma, se me caen a los pies las gotas de mí mismo, quizá el cielo oiga mi rezo entre los ruidos de este jodido aguacero y decida en omnipotente resolución cerrar cirros, secar estratos, disolver cúmulos, quizá el cielo me escuche, o tú, o él, quizá alguien me abra la puerta y construya mis paredes para que deje de predicar en desierto y con un poco de suerte, a lo mejor esta tarde escampa la tarde aunque la noche venga cerrá.

Qué tarde es, me voy a ir yendo ya, yo siempre fui un chico puntual y aunque carezco de citas no quisiera llegar tarde a la luz que desprende tu mirá, pa tocarnos sin parar.

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