La soledad del lanzador de cuchillos y la puntería del corredor de fondo

Y ahora qué.

Ya has ido a toda prisa y has vuelto más despacio, ¿querías escapar o perseguías algo? Has ido y has regresado cansado, acezando, sudando, estás tan agotado y tan exprimido que a los relatos que escribes les pones títulos más largos que el propio relatazo. Has ido y has vuelto, has cerrado el círculo y, qué has conseguido con ello, los de dentro no pueden salir y los de fuera no pueden entrar…, ni quieren. ¿A qué mundo creías pertenecer?, ¿a qué mundo querías pertenecer? Creías que ibas a ser diferente, te pensabas mejor que el resto de mortales indiferentes, te soñabas líder de revoluciones, reparador de mundos obsoletos, promotor de las ideas de verdad verdaderas y, te has demostrado a ti mismo que estabas equivocado.

Incluso el convencimiento de estar equivocado es un error. Todo es erróneo, errático, ruginoso. ¿A quién se le ocurre un título de trece palabras para un relato corto? Solo a ti, estúpido embaucador. ¡Más calidad y menos cantidad, advenedizo engreído!
Querer es poder, te dijeron quienes quisieron y no pudieron; imposible no hay nada, gritaron los que dieron todo por perdido sin presentar batalla; todo tiene remedio menos la muerte, susurraban los muertos que en vida muertos estaban sin remedio ni sepelio.
Y empezaste a retar al gran reto armado de esperanza, pletórico de ilusión, lleno de alegría y de otros enseres intangibles, fuiste preparándote para el día de la batalla. Y peleaste, como un león, aunque ya sabes, a veces, algunas veces, vale más ser cabeza de ratón que cola de león. Luchaste poniendo toda la carne en el asador hasta que se socarraron los filetes y no hubo forma de hincarles el diente. Te batiste al principio por principios, luego porque principiaba el final y al final has llegado para descubrir que era en realidad el puto principio. Has perdido el tiempo, has cuadrado el círculo que cerraste, has envejecido… Has gastado tu fuerza en el camino, al principio ibas fresco, la prueba estaba recién comenzada y tú, no estabas bien preparado pero tenías otras virtudes que suplían la falta de entrenamiento. Entusiasmo, coraje, arrojo… bla, bla, bla…
Durante la carrera fuiste llenando las alforjas pero mediado el camino se tornaron demasiado pesadas, el equipaje menguaba tu velocidad, las rodillas dolían porque eran de cristal, desaparecía tu frescura. Tuviste que ir tirando lastre, primero te deshiciste del talento, ¿para qué coño lo querías ya?, no te hacía ninguna falta; luego la diversión, ya no era divertido pero había que seguir dando pasos para terminar la carrera aunque fuera sufriendo, era lo que tu público esperaba de ti, era lo que esperabas tú de ti, tú de ti contigo mismo. Luego fuiste vaciando las alforjas, aligerando peso, hasta que no pudiste aligerar ya más; todo lo tiraste menos lo que tenías que haber tirado, la puta toalla; traías las manos vacías cuando prometiste traerlas llenas, venías solo cuando soñaste que vendrías aclamado por multitudes enfervorecidas, llegaste cansado cuando pensabas que la juventud y la fuerza iban a durarte toda tu existencia. Venías derrotado y creyendo que habías vencido si no al enemigo al menos sí a ti mismo. Qué iluso, qué ciego, qué tonto has sido siempre, iluso, ciego y tonto sin interrupción.
Sublime equivocación esforzarse en ir para volver, roto y laxo, al punto de partida sin haber hecho nada en el trayecto. Te lo advirtieron, correr es de cobardes. De sublimes equivocaciones sin interrupción está construida tu vida.

Y un mal día dejaste de correr y empezaste a lanzar cuchillos…
Empezaste a lanzar cuchillos en secreto, por placer, porque tenías algo que decir, porque estabas harto de correr, porque lanzar cuchillos era el sueño de los necios que se creían inteligentes. Porque los rayos de luna reflejaban su belleza en el filo de las navajas y las estrellas bajaban a beber en sus fuentes de sueños cristalinos.

Al principio fue bien, tu pulso de hombre joven te daba una precisión sin parangón. Y sin embargo los temblores fueron temblando, el eco de los tambores se fue acercando hasta dejar de ser eco para ser ruido insoportable. Carro de ruedas de piedra, ruedas pesadas y cuadradas cual círculo nuevo que cerrar.

Un día lanzaste un cuchillo y se convirtió en arma de doble filo, en traidora daga que se tornó boomerang y tú, fuiste el protagonista absoluto, el lanzador y la diana.

Cuando no hay cuchillos que dibujen tu silueta es más sencillo, te puedes mover, los esquivas, sin embargo cuando ya tu perfil está dibujado de aceros a un centímetro de tu piel no te puedes mover, no puedes salir, se cerró el círculo pero los cuchillos pueden entrar a matar; si el cuchillo va hacia tu corazón no puedes esquivarlo, solo hinchar el pecho, cerrar los ojos y rezar. Estás cansado de lanzar cuchillos y que se vuelvan contra ti, ¿por qué, por qué vuelven a pesar de que los lanzas con toda tu fuerza y tu mala… baba? El tiempo juega con las cartas marcadas y en tu contra, los cuchillos derrelictos también y la manzana sobre tu cabeza va menguando de tamaño.

Uno envenenado que lanzaste ayer ha rozado tu piel hoy, no sangras pero sudas, no dudas pero lloras, no esquivas pero lanzas y…, lanzas otro que tal vez sea el definitivo, el cuchillo maldito que hienda tu cuerpo y cercene el agónico padecimiento. Sudan tus dudas el veneno del alma, humedad en los dedos, se escurre el mango viscoso al ser soltado, ha sido impreciso el lanzamiento, vuela el acero a la diana de tu pecho y huele ya la sangre vertiendo gota a gota toda remota ilusión, esperanza ignota.

Nadie te dijo que para lanzar cuchillos contra la corriente debías tener limpio el corazón y ser ajeno a la indiferencia, nadie te lo dijo y no obstante deberías haberlo tenido en cuenta, había posibilidad de que cuantos te rodeaban fueran mudos, meros espectadores, simple escaparate de impaciencia empañado de advertencia. Sembraste viento y una granizada impenitente arruinó tu cosecha, abonaste con miedo los primeros embates del mar del fracaso, a merced de las olas en tu barco de papel, no abonaste el pasaje, te colaste sin permiso, fuiste polizón en la última noche, intruso en territorio vedado y además armado.

Hincha el pecho, cierra los ojos, abre el corazón, ya está de regreso el cuchillo que va a matarte y que tú mismo lanzaste. Asesino y víctima en un solo cuerpo yerto de incertidumbre.

Cierra el pecho, abre los ojos, hincha el corazón, vuelve el cuchillo que a de lanzarte y tú mismo mataste. Víctima y verdugo en un solo escenario sin telón.

Abre el pecho, hincha los ojos, cierra el corazón, vuelve a matarte antes de lanzarte tú mismo tras el cuchillo que amaste. Asesino y verdugo sin víctima ni escenario.

Corrías para no morir y lanzabas cuchillos para no matar y ya está, te has perdido y no te han buscado y se ha hecho de noche en el bosque que alberga tu miedo…, has perdido, estás acabado. Se acabó y tu piel vacía y sola desahuciada en el olvido te gritó a ritmo de rumbita que ahora ya tu mundo era otro. Otro, sí, pero… ¿cuál?

No corras, cobarde, que correr es de cobardes, no lances cuchillos, pusilánime, que lanzar cuchillos no es de valientes, cobíjate de los rayos de pavor del sol inclemente en la sombra de los héroes muertos y, ten cuidado, el filo del puñal que lanzaste busca a tu alma en la noche más ardiente, no dejes que te alcance, ni te cace; no permitas que te aliente… ¡ni lo intente!
No vendo sueños ni flores en ramo, que yo soy mi dueño que yo soy mi esclavo.

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