Gina y el escritor fracasado

El primer escalofrío recorrió su espalda al atardecer del mediterráneo.
-Estoy helada, abrázame con toda la fuerza de nuestro cariño, contágiame todo el calor de nuestro amor.
Obedeció Bob Dylan, rodaron como piedras fusionados en un solo cuerpo, se amaron amontonados en sus arenas. Difuminaron la realidad con su música, detuvieron el tiempo en cada letra, no hubo nada entre playa y cielo excepto su deseo.
Y no obstante nada es eterno, ni la felicidad, ni el amor ni siquiera la arena, ni el agua del mar, ni la música. Terminó la canción, concluyó el combate, ambos resultaron ganadores, apenas bajó la marea regresaron a casa. Allí, en la realidad de su habitación, él escribía un cuento titulado Gina.
Gina, como la canción que daba título al nuevo disco publicado por su cantante favorita, nuevo trabajo que consolidaba su carrera y, como siempre, al escritor desconocido y fracasado, cada canción de la diva le inspiraba un relato.
Los escribía y después se los enviaba a la artista proponiéndole, disco tras disco, publicar juntos un audio-libro-disco con canciones-música-relatos…
Terminó de escribir su cuento, que no era en realidad tal cuento ni tanta ficción, sino el reflejo invertido de su imagen en el cristal de una parte de sus vidas. Escribió y se entusiasmó saboreando la posibilidad de dejar de ser desconocido y fracasado, la posibilidad de ser un autor reconocido, admirado y de éxito. Disfrutó jugando a ser Bob Dylan como había disfrutado en la playa, tarareando el cuento, el amor y su sueño a Gina.
La conoció por casualidad una noche en que fue mordido por los fantasmas del fracaso y quiso ahogarlos en copas o vómitos. Luz trémula, campanas del infierno, música celestial, ósmosis. Miss soledad danzaba enloquecida aquella noche como cada noche, bailaba para vivir o sobrevivir, danzaba para recordar o tal vez para olvidar; bebía con desmesura con la sed que provoca el baile y el hastío, el escritor se embriagaba también. Él bebía para enterrar fantasmas y desentrañar amuletos, ella, esta madrugada, bebía para saber o, quizá para ignorar, tal vez para no ganar, quizá para no perder.
Aspiró el último gramo al ritmo que le susurraba la voz sensual de Lou Reed a lomos de un caballo blanco salvaje e incansable.
– Recoge el bolso, van a cerrar el local- le dijo sin que se enredara su lengua en el licor-, si eres capaz de seguirme te invito a la penúltima en algún cuchitril de la playa. Tambaleándose, a duras penas lo siguió buscando la salida de aquel antro, tambaleándose, a penas duras por la vida en sus indignos tacones buscaba solución a sus ecuaciones…
Amaneció.
Los primeros rayos de sol son los más crueles porque borran los recuerdos dulces y confusos de la noche. La postrera canción rueda en la mente entre vapores etílicos y zumban los oídos sin dejar escuchar el influjo de la luna invisible en el mar.
– Y ¿dices que eres escritor? ¿Y del cuento es posible vivir?- interrogó con la lengua pesada y el sórdido aliento sólido.
– No, del cuento no se vive, ¿y a ti, cómo te va con la música?
No responde, no existe respuesta, se quita el anillo de prometida desprometiéndose con ese gesto y decide empeñarlo para invertir su importe en otro rato de libertad. No le conviene amar, no le conviene un amor, no le conviene un ladrón de crisantemos, será mejor rechazarlo, será mejor continuar respirando en soledad el aroma equivocado.
– ¡Anda escritor!, ven conmigo y no hagas preguntas, te llevaré donde el mar atardece, el deseo anochece y los sueños amanecen.
El primer escalofrío recorrió su espalda al amanecer el Mediterráneo, pero no sintió más frío, al contrario, comenzó a sudar por todos los poros de su piel, el sol mordió su deseo y ellos, aunque no conozcan sus nombres y aunque solo sea por una vez, contribuirán, con el calor de sus juegos, a que el hielo del pleistoceno se derrita por completo.

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