Gritos de dolor. (You´ll never walk alone)

Cuando camines a través de la tormenta,
mantén la cabeza alta,
y no temas por la oscuridad;
Al final de la tormenta encontrarás un cielo de oro
y la dulce canción de plata de una alondra.
Camina a través del viento,
camina a través de la lluvia,
aunque tus sueños se rompan en pedazos.
Camina, camina, con esperanza en tu corazón,
y nunca caminarás solo,
nunca caminarás en soledad.
De la canción “You´ll never walk alone”
de Oscar Hammestein (letra) Richard Rodgers(música)
interpretada, entre otros cantantes, por Elvis Presley.

Gritos de dolor

Durante mucho tiempo se oyeron gritos de dolor en la pequeña habitación
del hospital donde Morales sufría en silencio mientras Rosa ponía
a prueba la potencia de sus pulmones, más tarde prosiguieron lamentos
amortiguados por la anestesia epidural en el paritorio, luego
cesaron y cuando el silencio creyó vencer al sonido y comenzó a elucubrar
su profecía, el llanto de un niño rompió su hechizo y lo impregnó
de vida. El silencio quedó impregnado de vida.
El nacimiento había destrozado otro maleficio, no obstante en este
caso el silencio quedó embebido de muerte, de un silencio y una muerte
por fin definitiva. Un alma blanca y libre salió atravesando el rosetón
de la fachada principal del antiguo convento de las arrecogidas y cansina
atravesó las calles del viejo Madrid hasta llegar a la pequeña cuna
donde se desvaneció, en cálido aliento, que encontró albergue en el recién
nacido. Un alma había escapado del infierno, Álvaro ya podía descansar
en paz para siempre y el pequeño, su hijo, fuera donde fuera,
estuviera donde estuviera, jamás caminaría en soledad.
Rosa dio a luz un niño guapo y fuerte a quien más tarde llamarían
Álvaro en honor de su padre, tal como la madre y Morales, para quien
la denominación oficial de una persona tenía suma importancia, ya habían
decidido. Aquel retoño unió aún más a la pareja aunque alejó a
Rosa de su negocio quizá definitivamente. También unidos quedaron
los días futuros de Rafael y Candelaria, quienes accediendo a la petición
de don Alberto y apoyados en su agradecimiento personal, trataron
de poner rumbo a la felicidad.

Página 449 de mi tercera novela “La profecía del silencio”

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