Cuando no te pones falda (cosas de la edad)

Debería escribir algo, lo sé, y también debería publicarlo en el sitio de siempre para que nadie lo leyera, como siempre. Debería hacer tantas y tantas cosas. Debería ordenar el trastero, visitar a un amigo, cortar el césped de tu jardín, cortarme el pelo a ras de suelo, hacerme la depilación con laser, tantas cosas. El uso de la palabra cosas es algo que todo escritor que se precie debería evitar, sin embargo hoy, como sé que nadie me leerá, os voy a contar cosas. No cosas que os apetezca saber, sino cosas que me apetezca contar.

Cosas como por ejemplo que tengo acidez de estómago de tomar tanto café, ¡qué cosas!, que ya no me gusta la avellana y me he pasado a la vainilla, ¡qué gilipollas!, que me cabreo con todos y por todo por cosas que no viene al caso, ¡soy un caso!, que se acabó el verano y que aunque estamos en otoño ya es invierno frío y jodido solsticio de otoño para mí. Que ya no te pones falda, que ya no te quitaré la falda, que se acabó rozar tu ombligo y que nunca más besaré tu espalda. Que el censo de lunares de tu cuerpo ya no pasará la revisión de mis dedos, ni arderán bajo la luz de mi foco, ni serán aumentados por mis lentes.

Cosas como que el tiempo me ha aplastado, que los alifafes me abrochan a su cintura y me fustigan, que las rodillas ya no sujetan mi peso, que los oídos no escuchan tus sentimientos, que los ojos no te leen sin gafas, que tengo frío cuando amanece, que anochece cuando tengo frío, que vengo de un país donde las fronteras son de alambre de espino y tantas otras cosas. Debería ordenar el césped, cortar el pelo al trastero y visitar el suelo del jardín para guardar a tus amigos. Debería tirar el foco, quemar las gafas y contar tus lunares a besos, pero me ha prohibido el médico que haga todo eso y contra el vicio de prohibir surgió la obligación de incumplir, ¡qué cosas, menudo gilipollas!

No tengo más cosas que contar, se me acaba el tiempo. No puedo contar el tiempo, ni contarle mis relatos, ni acabar más cosas en tan poco tiempo. Mañana lloverá, ya lo verás, cómo no, barrunto el frío, me duele la rodilla, esas nubes traen agua y la humedad rompe los cristales de mis huesos en mil pedazos, pero no sangro. Se me acaba el tiempo y se me seca la última gota de paciencia, es invierno, o infierno, solo una letra de diferencia, me hago viento y me soplo hacia tu mar para ser brisa que acaricie tu cuerpo y ya no sangro, no me quedan cosas que coser ni sangre que sangrar, ya derramé toda mi fuerza en cosas innecesarias, en cosas inmerecidas, en casos inmerecesarios. Nada es eterno, ni siquiera el infierno del invierno. Tardará pero volverá a ser verano, alargará el día en unos meses y me haré viento sin sangrar y rozaré tu cuerpo y te haré cosquillas, te soltarás el pelo que ahora llevas recogido y te pondrás falda para que yo te la quite, la falda y otras… ¿cómo era esa palabra? ¡Ah sí, y otras cosas!

Tengo alergia a la manga larga, a la oscuridad y al puto frío. Son las cosas de la edad o quizá sea la edad de las cosas. Soy vecino del solsticio de verano, soy propenso al tacto de tus labios, adicto al sabor de tus lunares, prisionero del cofre donde guardas tus… secretos, tu edad y tus cosas.

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