Dulce Jane, sweet Chely

Hoy llueve.
Muchos me conocéis y ya sabéis lo mio con la lluvia.
El día viene jodido y gris, además he perdido mi partida de ajedrez. Y de repente me acuerdo de alguien y de algo que hace no mucho escribí.
Esto es solo un artículo en una revista, pronto, bueno o no tan pronto pero en un tiempo, en mi próxima publicación, habrá un relato con este título que ampliará la historia.

Dulce Jane, sweet Chely

No me gusta cortarme el pelo, aunque Alberto, mi peluquero es buen tipo. No me gusta la luz blanca de la peluquería que me regala más canas de las que creo y quiero tener, no me gusta esa luminosidad que resalta hasta el infinito la plata de mi cabello y las arrugas del rostro.
– Cada vez me veo más canas- digo como siempre para que Alberto, que se parece a alguien conocido, me diga que es culpa de la luz, consolándome como siempre.
Imploro al espejo destellos de juventud y consigo que suceda el milagro. La peluquería desaparece, mi cabello es largoy negro y rizado hasta el infinito; me siento joven. Camino por la calle de los bares de copas, no para beber sino para sentirme más cerca de la libertad. Entro al más antiguo, al Spirit, nunca vengo a este local pero al salir de clase, ella me ha dicho que estaría aquí. Mis ojos quedan cegados por la oscuridad casi absoluta, huele a cerveza y marihuana; suena buena música, aunque no es la mía. Su ambiente canalla no me disgusta, me molesta no ver a Chely, pido una cerveza, si la termino y no llega me marcharé, quizá no tenía una cita, quizá todo fue imaginación mía.
Chely es alta, de ojos azules, pelo corto a lo chico, al contrario que el mío, largo a lo chica. Chely es, o finge ser, rebelde y mala. Sus labios sensuales susurran al hablar, a veces ni la oigo. Presume de una larga leyenda etílica a sus espaldas; yo no la creo, si fuera cierta le restaria atractivo.
– Hola -dice una voz dulce susurrando en mi oído, – ¡has venido!
– Pues claro, ¿por qué no iba a venir?
– No sé, los tíos sois tan raros. – Se da la vuelta, camina al interior; la sigo, mis
ojos siguen el movimiento ondulatorio y provocador de sus vaqueros. En un reservado hay una mesa libre, se quita la cazadora y se sienta, su camiseta negra realza su espléndido busto. Percibo su perfume, me gusta porque lo lleva ella, no por el aroma. El aroma me disgusta, no me gustaría si no fuera parte de ella.
– Vengo siempre a este bar ¿sabes? Es por la música, ¿te gusta esta música? -La luz amortecida y lúgubre del local no logra atenuar su belleza intransitiva.
– Esta me gusta -digo señalando los bafles y tarareo torpemente la canción. – Cómo no te va a gustar, es el mejor, Lou Reed, además de músico es poeta, es un genio, todo lo que hace es especial. ¿Sabes que sus padres lo sometieron a sesiones de electroshock con 14 años de edad? Era un niño problemático. Era bisexual, trataron de “curar su homosexualidad” con un tratamiento psiquiátrico agresivo, alude a esa época en su canción “Kill your sons”. Es un verdadero poeta, sus letras son duras, irónicas, sorprendentes. Habla de inadaptados, de travestis, de drogadictos y de drogas, “Perfect day” es una elegía a su adicción a la heroína, Lou Reed habla de lo que está mal visto o prohibido, trata todos los temas que a mí me interesan.
Chely se apasiona hablando de su ídolo; se disfraza de chica mala, de mujer fatal, pero su disfraz no puede ocultar su talento digno de la musa de los poetas. Yo nunca había considerado la música de Lou Reed desde el punto de vista literario.
-Rechaza modelos musicales establecidos, desecha los comerciales. Su estilo es crudeza urbana, sus personajes son del lado oscuro y salvaje de la vida. Sus historias son anécdotas de la vida observadas detenidamente, le atraen los peligrosos designios del destino los convierte en literatura y los muestra con todo su sufrimiento y su pena.
Suena otra canción, la que más conozco, la canto al mismo tiempo que Lou.
– ¿Conoces Sweet Jane?, no eres tan duro como aparentas, tienes sensibilidad, te gustará Lou Reed si lo escuchas más, si penetras en su mundo a través de sus letras. Me mira con intensidad, escudriña mis ojos, me lee el alma y le gusta lo que encuentra. Abre sus labios y va apagando su sonrisa. Quiero cantar pero no puedo. Un beso apaga la canción y enciende mi pasión por Lou, por su música, por la literatura y sobre todo, por Chely. La luz sesgada del local desdifumina en ocres sombras nuestra repentina y dulce complicidad.
La intensa luz de la peluquería vuelve a mis retinas, la escena del espejo se evapora en sombras de nostalgia. Tengo menos canas o al menos más cortas, recupero mis años de golpe y los recuerdos son fantasmas. No sé si fue Lou quien me llevó a Chely o ella me hizo amar a Lou. De ella nada sé, cambió de colegio, eso nos distanció un poco para, poco a poco, distanciarnos más… Lou murió demostrando que el mundo es imperfecto, que los genios también tienen fecha de caducidad. La música está triste, la poesía de luto y, en las mejillas de Chely, esté donde esté si es que todavía está, seguro que brillan lágrimas de profundo dolor que no pueden amortiguar ni tan solo disimular su inherente belleza. Lanzo un beso discreto al espejo y me quedó pensando si llegará o no a su destino y suena Sweet Jane, una vez más, en mi cerebro.
– No te gusta el corte – dice Alberto al verme pensativo y ausente.
– Está perfecto, has conseguido rejuvenecerme -digo con sinceridad. Alberto no lo sabe, es joven, quizá ni siquiera lo conozca, pero… se parece a Lou Reed.
Sabes que esos eran tiempos diferentes, todos los poetas estudiaban las reglas del verso y, las damas ponían los ojos en blanco… dulce Jane…, Sweet Chely.
Gracias Chely estés dónde estés.
Gracias Lou, lo único que no te perdono es que te hayas muerto.

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