El gallo de… Chagall y la luz del… amor

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Fotografía tomada en el museo Thyssen junto al cuadro de Marc Chagall titulado El gallo. Siempre que veo este cuadro me acuerdo de la primera vez que lo vi, que no fue en el museo donde ahora se halla, y de la persona que me enseñó a apreciar a Chagall, Sonia.

EL GALLO DE CHAGALL Y LA LUZ DEL AMOR

Voy a confesar un secreto inconfesable hoy que ando algo compungida. En mi corazón hay un pintor frustrado. Frustrado y bien frustrado puesto que soy una absoluta paleta manejando pincel y paleta. La circunstancia de mi frustración ha determinado mis relaciones con el mundo exterior y en los últimos años las ha teñido de… amargura.
Quizá por eso, ahora que friso la vejez, sigo sola, como siempre he estado, tal vez por esa frustrada circunstancia o circunstancia de frustración, vivo en un pequeño ático rodeada de lienzos sin terminar y pinceles embadurnados de fracasos. Mi ático carece de talento pero eso sí, tiene mucha luz.
Quizá por eso cuando ya casi sesentona me ofrecieron el trabajo de vigilante nocturno en el museo Thyssen me apresuré a aceptar. Encontrar empleo en esta edad provecta no es fácil; el trabajo que debería desarrollar no era difícil y, por añadidura estaría rodeada de arte, para variar.
Rodeada de arte sí, pero también de más frustración, condenada a pasar el día, o mejor dicho la noche, presenciando pinceladas maestras en obras de genios a los que jamás podría llegar, ni en sueños, a emular. Y sin embargo algo que jamás soñé, algo que jamás me atreví a soñar, de improviso, sin yo desearlo, o creyendo no desearlo, sucedió.
De repente encontré el color del amor.
Todo sentimiento que esté ahí, en tu espacio vital, se ve, si le aplicas las luces apropiadas que lo iluminen.
El último bedel ya se marchó, cerró la puerta como siempre a las diez de la noche y alzó el brazo hacia la cámara exterior en señal de despedida, yo también alcé el mío, un acto reflejo y absurdo, como si él también me pudiera ver. ¡Qué pocas luces!
Sólo yo quedaba dentro del museo, solo yo dentro del cuarto de seguridad, lugar de donde no saldría hasta el amanecer y desde donde controlaba todas y cada una de las obras de arte allí expuestas… expuestas en su acepción de presentadas para que sean vistas, no en el significado de puestas en contingencia de ser perdidas o dañadas.
Nunca me ha gustado el verbo exponer por sus múltiples y confusas interpretaciones y, para no gustarme, siempre he estado ligada a su existencia, antes por devoción y ahora por profesión.
Los pasillos, las salas, todo el museo, todas las noches queda con las luces apagadas; apagadas, otro adjetivo conflictivo, no me refiero a que su genio, su carácter sea sosegado o apocado, quiero decir sin luz o más exactamente con su brillo y color amortiguado, casi diluido.
Como decía antes de irme por los cerros de Úbeda, las galerías quedaban quietas, solitarias, vacías, tenues de ambiguos grises y plúmbeos azules, tristes de misteriosos cobaltos y sosegados malvas, silentes de blancos eléctricos y ocres pasteles. Pasteles, esta palabra sí que es… dulce, puede significar un color suave, un bizcocho dulce, un lápiz, una fullería al barajar los naipes, un asunto o un botín que repartir…
En el teatro, cuando se apagan las luces se sube el telón y todo empieza a fluir; en un museo también, de noche, todas las noches, cuando la luz se difumina, el telón desaparece y los protagonistas pintados en los lienzos comienzan a fluir, a interpretarse como actores en un escenario. Dejan de ser personajes pintados en lienzos, se descongelan y dejan de ser simples imágenes estáticas, se convierten en imágenes vivas que salen de sus cuadros, cruzan traviesos la frontera de sus marcos, traspasan la línea divisoria que delimita el tiempo y los espacios, se sienten libres y danzan por los pasillos proyectando sombras difusas entre realidad y ficción.
Ellos no saben que yo, con mis cámaras y mis miedos, los veo y los vigilo.
Teniendo en cuenta que sombra es por definición, una proyección oscura que un cuerpo opaco lanza en el espacio en dirección opuesta a aquella por donde viene la luz, la situación es preocupante. Si un personaje salido de un cuadro proyecta sombra y en cambio no lo reflejan ni lo descubren las alarmas de seguridad compuestas por detectores de movimiento, ¿qué está ocurriendo? ¿Puede ser considerado un fantasma?
También es posible que las imágenes que recogen mis retinas sean producto de mi imaginación, de mi amarga frustración, todo es posible en las largas noches de representación teatral en el museo.
Las paredes han quedado plagadas de paisajes vacíos y los pasillos llenos de inquietantes pinturas redivivas. Allí están, violinistas verdes abandonando los tejados para inspirar nuevas obras de Broadway, ángeles caídos que en realidad son ángeles rebeldes pues no se han caído, sino que se han apeado del reducido espacio de su lienzo, 148 X 189 centímetros, vacas voladoras aterrizando en el suelo sin orden, ni concierto, ni permiso de la torre de control…
Una mujer descalza sale del paisaje ficticio que habita desde 1928, detrás de ella, el gallo al que ama se deshace en ocres, símbolo de fuego y sol, icono de vida, indicio de sueños. Ahora pasean juntos después de estar todo el día abrazados, apoyada la cabeza de ella en la de él, resurgiendo de amor sin incertidumbres.
Una pareja de novios amarra su barca en la orilla de su río y camina el sendero de su desdicha, se toman de la mano, interpretan romances sin prisas y se cuentan una antigua leyenda que quizá ellos han inventado o al menos protagonizado:
Un apuesto muchacho cristiano se enamora de la hija de un adinerado comerciante judío. Es fácil dilucidar el resto, las familias no permiten su boda, al final mueren y son sepultados, de acuerdo a su religión, uno en el cementerio cristiano y la joven, lejos, al otro lado del río, en el cementerio judío. Separados sus cuerpos y su amor por el caudaloso río de las creencias opuestas.
Todas las noches el muchacho enamorado abandona su sepulcro y cruza el río con su barca en pos del amor de su adorada niña judía y juntos navegan por las aguas del amor y de la vida que en vida les negaron.
Amanece. Las primeras luces del alba son la señal de alarma, el despertador que adormece en vez de despertar, a los personajes dibujados. Regresa el violinista a interpretar su inestable melodía; finaliza la rebelión de los ángeles caídos; despegan los animales voladores y se elevan con aspiraciones de eternidad.
Por fin quietos, petrificados de nuevo en sus paisajes, inmóviles en sus lienzos, hago mi ronda entre vapores de sueño y luces difusas, en el suelo voy descubriendo restos de su travesura, no han sido sueños míos, ni tampoco delirios de Chagall.
Frente al gallo lloro lágrimas de pintor envidioso por un arte que jamás alcanzaré, lloro perlas saladas de amante frustrado por ese abrazo que nunca daré en la orilla de un río.
Gotitas oleosas se adivinan por las galerías, difuminadas manchas que cambian de tono según les va afectando la luz. Huellas…
Me descalzo para no pisar ni emborronar los vestigios de amor, vuelvo caminando despacio a mi sitio, sueño gallos amantes…
Termina mi turno de trabajo, salgo despacio, tengo sueño, estoy cansada y sin embargo no tengo prisa, ningún gallo me espera en la cama de sábanas frías en mi ático impregnado de luces. El bedel me sonríe al pasar, creo reconocer el color del amor en sus ojos, o ¿habrá sido el cambio de luces al salir al exterior, el juego incandescente vivido al pasar del interior a la calle?
Me vuelvo a mirar y a sonreirle, no está una a estas alturas de la vida para dejar pasar… gallos, aunque sean de pelea y, me encuentro sus pupilas, otra palabra compleja, no la uso como sinónimo de prostituta, ni siquiera de perspicacia, me refiero a esas aberturas circulares de color negro que el iris del ojo tiene en su zona media para dar paso a la luz. Pues bien, he descubierto esas citadas aberturas de los ojos del bedel, apuntando lascivas y brillantes a mi… bueno ya saben, es que no me gusta la palabra pero es justo ahí, donde la espalda, por la frontera sur, pierde su digno nombre.
En nuestra vida todo es del color que nos traslada la luz bajo la que miramos. Los paseos nocturnos de los personajes pintados en los lienzos pueden ser interpretados bajo las luces de la cruda realidad o los brillos ambiguos de la ficción; las miradas de ciertas pupilas pueden ser, según les afecten las luces, color de deseo o color de amor.
El gallo de Chagall me ha sonreído al pasar, las luces son las apropiadas y viajo hacia ellas, he descubierto un color que faltaban en mi paleta y he teñido de cian mi propia frustración.

He visto la luz en el misterioso espejo de un cuadro, he encontrado el color del amor en el gallo de Chagall.

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2 comments

  1. Relato intenso y pictórico en todas sus vertientes. Por un lado la dulzura que transmite el arte, los cuadros y los personajes que en ellos se retratan y por otro lado el misticismo de ella, la protagonista en el relato, que se deja hechizar por el ambiente que la rodea y sueña con poner algo de magia en su vida. Te felicito Ángel por lo hermoso que es este relato. Un abrazo. Gerardo

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