Luna y agua

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Fotografía obtenida en un foro de internet.
Se trata de un fondo de pantalla publicado por Acuario.

Hoy hace 103 años que el Titanic colosionó con el iceberg que ocasionó su hundimiento, eso será a las 23.40 exactamente.
Este relato no tiene nada que ver con el Titanic, al contrario, está más relacionado con Lorca. Sin embargo quería publicarlo hoy, porque habla de la luna y del agua y hace 103 años hubo una noche sin luna pero con gran cantidad de agua.

Luna y agua

La luna y el agua nacieron el mismo día, a la misma hora, en el mismo suspiro. La luna era blanca y bella, grande y luminosa; el agua era suave y fresca, ligera y brillante.

Fueron al mismo colegio, estuvieron en el mismo orfanato, estudiaron en el mismo instituto. Crecieron juntos, viéndose a diario, sus destinos parecían unidos para siempre. La luna se enamoró del agua con todo su corazón y trató de conquistarla con toda su belleza.

La luna salía y crecía, empezaba de nueva e iba cogiendo esplendor creciente y todos los días, con sus noches, buscaba al agua. Iba a la montaña a buscarla, encendía sus rayos e iluminaba todas las laderas, los cilancos, los bosques, hasta por fin encontrar su rastro allá en el valle. Se acercaba melosa la luna, con su espectacular blancura, se aproximaba cuanto podía al agua y lanzaba sus cantos de sirena. Y en su amada se reflejaba, y guapa a rabiar se veía, con sus mares, sin eclipses, con su argéntea luz que a la noche encendía y convertía en día.

Y henchida se mostraba, espléndida, llena, perfecta.

Y trataba de seducir al agua reflejando su belleza en ella. Sin embargo el agua corría libre, no quería ataduras, perseguía otros sueños, otros… mares. Desde su nacimiento en lo alto de la montaña cuando la nieve empezaba a derretirse cogía velocidad, iba poco a poco incrementando su volumen, su rapidez; esquivaba las curvas de los recodos que los árboles le marcaban y corría, corría, corría libre, pura, cristalina en busca de su propio mar de amor.

Y entonces llegó la noche que nosotros, los estúpidos mortales, llamamos la noche del desengaño. La luna estaba llena y grande, era luna azul, era super luna, era hermosura hecha luz en un cielo oscuro adornado de estrellas. Se vistió con su mejor traje, con el que más guapa se sentía, se vistió para el agua que loca y libre corría, se vistió de baile y se perfumó de tomillo y romero y de jara y de… besos.
Bajó hasta el bosque, se recorrió todo el valle hasta encontrar al río y dentro del río vio a su gran amor: el agua. Se armó de valor, se arriesgó a caer acercándose mucho a la orilla, se arrodilló en la ribera sin importarle mancharse en el lodo y se preparó a tocar a su amada.

Se agachó y vio que el agua transcurría con rapidez serpenteando por el río, se preparó, peinó su pelo blanco de escarcha, preparó sus labios de nieve para dar su mejor beso lleno de pasión y de cariño, y… tendió su níveo brazo hacia el río por donde el amor de su vida viajaba en absoluta libertad.

Introdujo su mano en el frío líquido y trató de cogerla, por unos breves momentos disfrutó del tacto de la piel de su amor, cogió su cuerpo libre y lo acarició y lo percibió suyo para siempre. Ya sentía cumplido su destino y sin embargo, cuando empezaba a degustar su triunfo, todo se diluyó. Del cuerpo ardiente de su amor apenas unas gotas frías y dispersas pudo retener. El agua libre se le escurrió entre los dedos, se le escapó trotando alocada y libre hacia su mar, hacia su propio sueño, hacia su propio amor. Se le escapó para siempre resbalando por su nívea belleza y por la fuerza impotente de sus rayos que no fueron suficientes para retener al agua.

Y lloró la luna lágrimas de plata, y saboreó el agua la libertad continuando su recorrido y los destinos que siempre parecieron unidos en verdad siempre estuvieron separados.

Y así viven, y así sobreviven, siempre, desde siempre, para siempre, desde el mismo día en que nacieron y hasta el infinito de la eternidad. El agua corre libre y absorta, ajena al amor que le dedica aquel redondo y níveo lunar desde el cielo.

La luna, tras su fracaso, se tornó mentirosa para embaucar al sol, o a Júpiter o a Venus y todas las noches se viste de largo, de blanco, de luz. Se viste y se peina para su amor, se peina y se perfuma para su anhelo, se perfuma y se acicala para su mejor sueño.

El agua llega al mar, se muere de libertad y de amor, se derrite y se evapora, vuelve a nacer y a derretirse en los valles a los pies de las montañas y de nuevo empieza a correr libre, libre y alegre y alocada derramando su belleza inalcanzable.

Y así es su vida.

La eternidad.

Una de las dos está llena de amor, la otra plena de libertad. Libertad sin amor, amor sin libertad…

Luna sin agua.

Agua sin luna.

Noche eterna.

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