Ojos de Ángel

 

 

Suena un timbre, el de la puerta, o tal vez el del teléfono, o quizá el de tu voz.

Miro a mi alrededor buscando a alguien que atienda esa llamada, que alguien abra, o responda, o te escuche, para no tener yo que moverme de la perezosa quietud y falsa calma que me proporciona mi sillón, mi último refugio.

No hay nadie aquí, en esta casa, ni tampoco en mis sueños desde hace mucho tiempo. Busco, sí, aunque sé que no encontraré y como era previsible nadie abre, ni contesta, ni descuelga, ni te escucha…

Y escucho en tu lugar guitarras blancas y notas alegres que un Cupido vestido de negro regala a mi recuerdo.

Esta noche, aunque sea en el reducto de mi desmemoria, en mi imaginación o en un sueño, tú estás junto a un payaso sin gracia como yo, con el payaso que soy y represento.

No sé qué hice, si es que hice algo, para enamorarte, no sé qué hice, si es que algo hice, para poner en mi camino a un ángel que me miraba con ojos de ángel, me admiraba con ojos de amante e iluminaba con sus luceros mi destino.

Si es un sueño no me despiertes, no hagas ruido al parpadear ni remuevas demasiado viento con tus pestañas. Déjame besar tus ojos y soñarme protagonista de tu sueño y tu cariño, permíteme soñarme ángel de tus sueños, ojos de tu camino, propietario de la mejor parcela de tu corazón.

Debo ser poseedor de un tesoro que solo tú puedes ver y solo tú sabes apreciar. Ni siquiera yo sé hacerlo; no, yo menos que nadie.

Dominado por el apetito que me provocas me levantó del sofá, descuelgo el teléfono, quizá seas tú quien se halle al otro lado del auricular.

No, no hay nadie, comunica sin comunicarme nada, un sonido reiterado y uniforme me indica que no, que no era este el timbre que me perturbó.

Voy a la puerta, abro con una sonrisa complacida, amplia e ilusionada. Sin embargo no hay nadie en el rellano, está vacío, solitario, transparente. La ausencia del ausente me indica que tampoco es este el timbre que creí escuchar y me sacó de mis ensoñaciones.

No es un timbre lo que suena, es tu guitarra blanca bajando las escaleras del cielo, arrastrando las campanas del infierno y a sus luctuosos tañidos y dejando una canción en cada peldaño. Música que oigo sin poder acariciarla con mis dedos, notas que presiento pero que nunca supe bailar, sonidos lánguidos de un espejismo que tiende a desvanecerse.

Y Cupido pierde la puntería y vende el arco y los venablos a precio de saldo, obtiene treinta monedas y con ellas compra a plazos una guadaña y la tañe con rabia rasgando sus cuerdas de acero creando otra melodía que no quiero escuchar.

Regreso al sillón, a la soledad gris, al silencio frío del escay que se adhiere a la piel de mis piernas y mi espalda y mi alma.

Ese timbre fue la última llamada, “Last call”, y yo, por pereza, llegué tarde y ya no había nadie. Vuelvo a mi refugio donde podré recordar…, o soñar…, los ojos de mi ángel varados en mi piel, el ángel de mis ojos grabado en mi… en mi…, varado en mí.

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