Bretun

 

Hace mucho tiempo que escribí esta escena pero lo recuerdo perfectamente. Sé dónde estaba, sé que pensaba, sé que sabía lo que quería.

Acostumbro a crear personajes ficticios y para tener idea de cómo son y no perderme en las descripciones posteriores y en la escritura los asemejo a personas reales. Para esta escena necesitaba a un vigilante, tenía que ser un buen trabajador, una persona sencilla y buena, un hombre amable que transmitiera cordialidad, una persona joven y llena de vida y de alegría que atendiera a un sacerdote que estaba en apuros y llegando al final de sus días.

Y pensé en ti.

Nadie mejor que tú aunque no te gustara demasiado leer mis libros, pensé en un compañero que me apreciaba y a quien apreciaba, en una persona que siempre me transmitió simpatía y cariño. Lo escribí y nada te dije hasta que se publicó. Y es curioso, hoy todavía no sé qué te pareció. Nos veíamos poco y no hablábamos de eso, había otras prioridades y conversaciones más importantes.

Es este uno de los capítulos más especiales de mi séptimo libro. Siempre que lo leo de nuevo, inevitablemente, pienso en ti. Siempre que lo lea, y ahora lo haré más a menudo, inevitablemente estarás en mis pensamientos, igual que tu amistad que siempre me acompañará. En mi libro habrá unas gotas de ti suponiendo que en su día supiera yo describirte, transmitir tu personalidad y te reflejara correctamente. Si supe hacerlo quedará por siempre en negro sobre blanco, entre las páginas 417, 418 y 419 de El castillo del Águila. Si no supe hacerlo quedará entre tú y yo. Y carecerá de importancia el detalle pues los dos sabremos que estás ahí y que cuando lo escribí me acordé de ti y que cuando lo leo y lo lea, estás y estarás presente en mi recuerdo.

Hoy La niña de las joyas es el capítulo más especial de los capítulos especiales de mi libro. Y te prometo que habrá segunda parte, y te aseguro que estarás.

CAPÍTULO LIII: La niña de las joyas

“La niña de las joyas”, “La niña del espejo” “Contrariedad”

Autor Julio Romero de Torres 1919. Óleo y temple sobre lienzo. 65 x 49 cm.

En la actualidad y bajo el nombre de “Contrariedad” se halla en el museo Julio Romero de Torres de Córdoba.

Anteriormente, este cuadro se llamó “La Niña de las Joyas”. El artista realizó una segunda versión por encargo, para América, que llamó “La Niña del Espejo”, y que hoy se encuentra en una colección privada de Buenos Aires.

El lienzo refleja a una joven semidesnuda que sostiene entre sus manos un espejo, donde se reflejan un cofre repleto de joyas, símbolo de los deseos inalcanzables de esta mujer.

La modelo es la artista María Palou, una conocida bailadora y actriz de su tiempo.

El pintor amaba este cuadro y jamás quiso desprenderse de él. De toda la obra expuesta en Argentina en 1922, vendió todos los cuadros excepto este y el titulado “La muerte de Santa Inés”.

 

 

Se activó la alarma.

Un punto rojo apareció intermitentemente en la pantalla y un sonido discreto y no obstante molesto alertó a la operadora.

– La puerta de la capilla- murmuró entre dientes. De inmediato vio como otro punto rojo se activaba en la pantalla y unos segundos más tarde otro más. Entonces tomó la emisora y llamó a uno de los compañeros.

– Sierra uno para sierra cinco.

– Adelante- respondió alguien con rapidez.

– Han saltado las alarmas de la capilla, primero la puerta exterior, luego el recibidor y por último el pasillo central.

– Recibido, voy a comprobarlo.

– Seguramente será el cura; tiene llave y a veces entra sin avisar.

– De acuerdo, voy para allá y te digo algo.

———-

Sacó la llave de la faltriquera con rapidez, la introdujo en la cerradura y abrió. Entró veloz como si alguien le persiguiera y una vez en el interior cerró de nuevo con llave. Suspiró, ya casi lo había logrado, apenas faltaba el último remate.

Buscó las luces. Don Jesús, el párroco titular de la capilla del Monte de Piedad le había dicho que en el recibidor, a la izquierda, había un interruptor. A tientas lo encontró y al pulsarlo una tenue luz iluminó toda la capilla.

Se dirigió al altar entre tinieblas, según el propio don Jesús le había confirmado, el paquete que él mismo le había enviado por mensajería se hallaba allí. En efecto, allí estaba y, dentro de este, el verdadero puñal de Guzmán el Bueno. Abrió el paquete y lo comprobó.

Sí, allí estaba. Lo puso de nuevo en el interior y lo guardó en la bolsa, se sentó en un banco, en la primera fila y comenzó a rezar. A su diestra un precioso cuadro del siglo XVIII, pequeño y anónimo, una Adoración de los magos al Divino Niño, a su izquierda otro más ostentoso, más grande, la joya de la humilde capilla, La glorificación de San Francisco Javier un lienzo del siglo XVII atribuido a Cornelius Schultz. Sin embargo lo que más captaba su atención de la pequeña iglesia estaba a su espalda, cerca de la puerta interior que comunicaba la capilla con el resto del edificio, el lugar donde se hallaban los restos mortales del Marqués de Pontejos y del Padre Francisco Piquer, y allí, junto a la entrada; hacia allí se encamino despacio, se postró de rodillas y de nuevo inició una oración pidiendo al músico y monje turolense que le ayudara a realizar su misión. Su última misión.

De improviso alguien abrió la puerta que comunicaba la capilla con el resto de las dependencias del banco madrileño y entró de forma apresurada. El vigilante que venía con intención de comprobar el motivo de que se activaran las alarmas casi tropezó con el sacerdote que continuaba arrodillado junto a ese acceso.

– Pero padre, ¿qué hace ahí tirado en el suelo?- dijo el vigilante con infinita paciencia-. Ha entrado sin avisarnos, han saltado las alarmas y ahora casi le piso, o peor, casi le pego un tiro.

– Lo siento hijo, siento causar problemas, estaba rezando al padre Piquer- se disculpó Mosén Ángel incorporándose. En ese momento el vigilante se percató de que no se trataba del sacerdote titular de la capilla del Monte de Piedad.

– Pero usted no es don Jesús, ¿quién es usted y por qué tiene la llave de la capilla?

– Soy Mosén Ángel, don Jesús me la dejó para que pudiera entrar, necesito que me haga un favor. Don Jesús me dijo que ustedes me ayudarían.

– Y ¿qué es exactamente lo que necesita?

– Tengo que empeñar una joya en el Monte de Piedad, pero debe ser antes de que sus dependencias se abran al público. Mi amigo Jesús me dijo que ustedes me conducirían allí y que de ese modo me atenderían antes de que nadie entre, tengo que hacerlo así, me persiguen, quieren matarme y robarme una joya y debo empeñarla y ponerla a buen recaudo antes de que me encuentren.

– No sé padre, todo esto es muy raro, yo le puedo acompañar hasta el Monte de Piedad, de hecho voy hacia allí ahora, pero no sé si le atenderán antes de tiempo, aunque apenas faltan diez minutos para que se abra.

– Vamos a intentarlo hijo por favor llévame hasta allí.

El joven asintió. Tomó la emisora y habló con su compañera.

– Atención Sierra uno, comprobada alarma en capilla, es un sacerdote compañero de don Jesús, aprovechando que me dirijo allí, voy a acompañarlo al Monte que es dónde en realidad quiere llegar, salimos ya de la iglesia puedes conectar alarma.

Salieron y el joven condujo al sacerdote por una escalera interior, subieron una planta y accedieron, sin salir al exterior, a la sucursal de la Plaza del Celenque que por cierto ya estaba abierta al público. Mosén Ángel miró en todas direcciones al percatarse de ese detalle pero no vio a ninguno de sus perseguidores, cruzaron el vestíbulo y llegaron enseguida a las instalaciones del Monte de Piedad, allí el vigilante se dirigió a una de las ventanillas y habló con una de las personas que tasaban las joyas.

– Es un amigo de don Jesús, nuestro capellán- informó el vigilante a la chica de la ventanilla-, dice que necesita ser atendido antes de que se abra al resto del público y alega que le acosan y le quieren robar; yo lo he visto muy asustado por eso lo he acompañado.

– Si es compañero de don Jesús le atenderé en seguida- respondió la joven al otro lado del cristal blindado-, pero que saque número en la ventanilla de entrada.

Así lo hizo Mosén Ángel y casi de inmediato el número uno se encendió en la ventanilla número 13, afortunadamente no era supersticioso.

 

Aquí se despidió Mosén Ángel de ti, pero como ya te he dicho os volveréis a encontrar. Un abrazo José. Hoy es día de luna nueva.

 

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