Vértigo

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Hace veinticuatro años que todos los días, o todas las noches, o todos los días y sus noches, me hago la misma pregunta. ¿Dónde estaba yo entonces, dónde estás tú ahora?

Soy tan estúpido como lo era antes o incluso un ápice más. Cuando te tenía creía que no te necesitaba, que yo era muy listo, que era autosuficiente y estaba en posesión de la verdad absoluta. Cuando dejé de tenerte supe cuánto te necesitaba y aprendí que no era tan listo, ni autosuficiente, ni mucho menos me hallaba en posesión de verdad alguna.

Cuando la tristeza vestida de soledad comenzó a reverter vi que revertir lo sucedido era imposible. Y no me quedó otra que lamentarme.

Cuando veo tu imagen en el espejo pienso que soy igual a ti pero tan diferente. Tú tan callado y yo sin parar de hablar. Tú inteligente en la modestia de tu silencio y yo tonto de remate en el atrevimiento de mi ignorancia. Tú siempre ocupando el lugar oportuno y yo varado en la inoportunidad y el destiempo.

Vértigo.

Hay un canción que se titula vértigo y que nada tiene que ver contigo aunque cuando la oigo no puedo dejar de acordarme de ti. La de mamá es Mereció la pena, aunque tampoco nada tiene que ver con ella. Da igual cual sea la canción, siempre estáis en ellas, y en los libros, en todo lo escribo, presentes pero ausentes, presentes pero impalpables, ausencia inapelable e injusta pero presencia incólume.

¿Dónde está la salida? ¿Dónde la libertad? ¿Dónde la sabiduría? ¿Dónde estás tú cuando el vértigo me atenaza y el bordillo de la acera se me antoja una montaña insuperable?

Tú me entiendes: azul es tu color, blanca es tu sapiencia, magenta es tu cariño, verde era nuestro valle antes de la sequía, rojo el sinsentido, gris nuestro camino y azul cobalto el cartón de tus flores.

Hace 24 años que lo ves todo desde lo más alto del silencio, con paciencia infinita y sin vértigo. Y yo lo veo todo con el tamiz de la edad y la ambigua niebla del recuerdo.

Me das la mano y secas mis lágrimas, caminamos despacio junto al río, en dirección opuesta al resto del mundo. Suenan los cohetes que me aterran cada vez más lejos. Las nauseas se van espaciando, pronto llegaremos a casa y desaparecerán. Soy demasiado pequeño, demasiado joven, demasiado bobo para entender que te estropeo el plan de esta noche. Y aunque no lo entiendo tú me explicas que no pasa nada, que no te apetecía caminar hacia el otro lado sino hacia este, que estaremos mejor en casa los dos.

Hoy lloro y no vienen tus manos a secar mis lágrimas. El ruido de los cohetes no se aleja, por el contrario, cada vez está más próximo. Las nauseas son insoportables y parece que desembocarán en vomito amargo, muy amargo. Me miro en el espejo y con su blues aparece una sonrisa y a su luz empiezo a escribir. Se muere el desconsuelo, hoy es doce de septiembre pero tú estás aquí para decirme qué debo hacer, para darme tu consejo sabio e infinito, para explicarme que la vida siempre va a destiempo pero puedo cambiarla con mi actitud y tu recuerdo, que las rosas más hermosas también tienen espinas y no obstante si te aproximas con cuidado puedes percibir su aroma sin pincharte.

Vértigo, Mereció la pena, y… ¿qué canción soy yo para ti?

Para ti mi canción, siempre.

Te quiero como siempre, te necesito como nunca.

 

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2 comments

  1. Vistes con palabras los sentimientos mas profundos y enraizados. Pones luz donde no se puede ver, en la esfera íntima del corazón. Gracias por escribir con el alma. Con tu alma. Un gran abrazo. Gerardo

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