Un güisqui sin soda

Habían quedado como siempre en “el York” bar de copas de donde eran clientes habituales. Allí estaban casi todos, era viernes, recordaba perfectamente la fecha 23 de agosto de 1990. La noche estaba aburrida. Álvaro y Juan acababan de ganar por enésima vez al futbolín y ahora, todos debatían sobre donde ir en busca de un poco de diversión. Se formaron esporádicamente dos frentes, la mitad quería ir a las fiestas de Mora de Rubielos, un pueblo cercano. La otra mitad quería ir a la discoteca de Santa Eulalia, otro pueblo igualmente próximo. Al final no hubo acuerdo, era difícil entre diez personas una decisión unánime, así pues los dos coches partieron en direcciones opuestas. Álvaro, junto con Ricardo, Pedro, Jesús, y Juan conduciendo, fueron a la discoteca. Sonrió al recordar lo bien que lo pasaron. Bebieron unas copas, llevaban una docena de rondas y el panorama estaba como sigue: Pedro se trabajaba a la camarera, y no le iba del todo mal a juzgar por la sonrisa complaciente que la joven le dedicaba; Jesús y Juan bailaban en la pista, enloquecidos entre las luces de neón; Ricardo y Álvaro eran más bien gente de barra que de pista de baile, cantaban abrazados una de sus canciones favoritas, sus voces se alzaban por encima de la potencia de los altavoces del local: “no tengo costumbre de guardar la ropa si voy a nadar, / nunca le hago ascos a la última copa ni al último bar.

Pedro informó:

– Me quedo con la camarera, mañana nos veremos.

Todos aplaudieron divertidos. Seguidamente Juan informó:

-Estoy muy borracho, no puedo conducir.

Todos abuchearon burlones. Ricardo informó resignado:

-Yo estoy bien, si queréis puedo conducir.

Todos aplaudieron nuevamente y se dispusieron a iniciar el viaje de regreso. Se prepararon a asistir inexorablemente a la cita con el azar.

El viaje transcurría tranquilo, estaban ya próximos al cruce de Albarracín, a ocho kilómetros de su destino, a diez minutos de casa, Jesús y Juan, vencidos por el cansancio y el alcohol, dormitaban en el asiento de atrás, Ricardo y Álvaro, cantaban eufóricos al tiempo que el radiocasete del coche:

– Y sugerir ese fondo peligroso que hay detrás.

   Mantener orgullo y equilibrio individual.

   Pelear hasta ser un homicida nada más,

   Por ser mi dueño y poder cantar

   Un rock suave . . .

Y entonces todo sucedió a cámara lenta, o así llegaban al menos las imágenes a su memoria: El camión en sentido contrario, lento, demasiado lento. El conductor del coche que sigue al camión, nervioso e imprudente tiene prisa, demasiada prisa, adelanta sin advertir su presencia de frente, sin verles. El giro, volantazo desesperado de Ricardo, demasiado tarde. El golpe brutal, lanzándoles por el barranco. La caída, vueltas e impactos. Amasijo de hierros, cristales sobre su cuerpo. El sabor inconfundible de la sangre en la garganta. La sirena ululando en su cerebro, confusión, demasiada confusión.

Las luces hirientes, cegadoras. ¿Serán del cielo o del quirófano?. La boca seca y el inmenso dolor. La dulce sensación de abandono, demasiado dulce. Y luego . . . nada, demasiado fácil. Nada, durante mucho tiempo, durante demasiado tiempo, nada.

Soñó que había muerto y comprendió que estaba vivo, en algún punto intermedio entre la vida y la muerte, en esa zona a la cual la anestesia te conduce y ves tu cuerpo desde fuera de él y no hay dolor, no, no hay dolor porque ni sientes, ni padeces, ni vives, ni mueres.

Recordó el momento en que abrió los ojos y nuevamente el inmenso dolor, dolor también en la garganta adivinándose entubado, incapaz de emitir sonido ni reproche alguno. Estaba en la U.V.I. Su brazo derecho lleno de agujas y de cables, más allá su amigo Ricardo. Con un gran esfuerzo alzó la cabeza, en el resto de camas no había nadie. ¿Dónde están los otros?.

No podría precisar cuantos días permaneció allí, inconsciente, hasta que tuvo conocimiento de las visitas de sus familiares. En una de las visitas el triste comunicado, la temida confirmación: Jesús y Juan habían fallecido en el accidente. El sabor salado de las lágrimas en la boca y amargo en el corazón. El dolor del alma más intenso todavía que el del maltrecho cuerpo. El día señalado, los dos saliendo de la U.V.I. fuera de peligro. El día soleado en que les dieron el alta médica y abandonaron el hospital. El día en que, dos meses después, Ricardo comenzó a sentirse culpable sin serlo. La noche que conectó el casete y cantó, con inimaginable amargura, un rock suave:

– Un rock suave con frío de cuchillo,

   Rock suave, elegante y sensual.

   Rock suave como un smoking de alpaca,

   Rock suave felino y animal.

Terminó de cantar la canción con lágrimas brillando en sus mejillas, se tomó el tubo entero de pastillas sin titubear, ayudado de un gran vaso de ginebra y se durmió para siempre.

El día en que Álvaro decidió huir, escapar de su pequeña ciudad llena de recuerdos y marcharse a Madrid. El día en que conoció a Laura . . .

El texto anterior es un fragmento de mi primer libro, Silbando en la oscuridad.

Para ti que cumples años hoy sin cumplir, para ti que me hiciste amar todas las canciones, para ti que te gustaba nadas sin guardar la ropa y el güisqui sin soda. Felicidades, brindo por ti con mi güisqui sin soda.

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