Invierno de silencio

Otro invierno de silencio

 

Aquí estoy, un invierno más, otro sin frío, tan suave y bonancible que tú, a tus 82, no serías capaz de imaginar. El invierno me arrastra, como antaño, con su espada gélida, desnuda, implacable, me lleva a esconderme sin cascabeles en los pies al cobijo de las paredes, a los libros y la música, a escribir en defensa propia, a escribirte en legítima memoria.

Me gustaría hoy regalarte un poema, pero sabes que no tengo la capacidad intelectual suficiente ni la inspiración literaria necesaria para hacerlo. Solo tengo lo que siento, lo que nunca te dije y quiero que sepas, aquello que no recordamos juntos y hoy recuerdo para ti en solitario. De poema reduzco mi regalo a simple carta. Una carta, ¿te acuerdas lo que era eso? Yo recuerdo cuando el cartero entraba al portal vestido con traje gris y gorra de plato, normalmente acompañado de las carreras y la algarabía de la chiquillería del barrio. Una vez dentro sacaba su brillante silbato y lo hacía sonar. Los vecinos se asomaban al rellano de la escalera y él, desde abajo, recitaba los destinatarios de las cuatro cartas que traía. Raro era el vecino que no recibía unas líneas, de su hermano de Francia, del hijo que andaba por el servicio militar, de los padres que dejó en el pueblo… Hoy el de cartero es un oficio que se mantiene gracias a los bancos, que algo bueno tenían que tener; los carteros solo traen facturas, ¡ah y multas!

Y aunque no tuvieras carta nadie te privaba de un rato de charla en el rellano con la vecina de enfrente o con alguna de las que había bajado a por su misiva y subía emocionada con el texto en la mano y lágrimas en la mejilla.

Recuerdo contigo y de ti, situaciones y acciones que mis hijos no se creerían. Una noche cerrada, papá y tú abrigados hasta lo indecible, pues afuera hacía 20 grados bajo cero, armados con un hacha, ibais a un centenar de metros de la casa apenas (tan cerquita estaba la naturaleza entonces), al pinar del atajo, a cortar una rama de un pino grande (que antes se podía) para decorar nuestro comedor (que no salón) aquella navidad. Había que tener bemoles o ilusión sin límites para hacer aquella excursión y colmar la ilusión de dos niños pequeños que nunca dejarán de serlo.

Te recuerdo también lavando la ropa arrodillada en la bañera cuando no teníamos lavadora, las rodillas machucadas, las manos congeladas y recuerdo a papá llevando el balde con las prendas mojadas hasta la ventana del comedor (que no salón) para tenderlas, tenderlas para que se helaran más que se secaran.

Te recuerdo llevándome en brazos al médico a que me cosiera la frente pues andaba yo haciendo el trasto y me caí de cabeza contra la botella de butano. Te recuerdo llevándome a caballo en tu espalda a casa del médico pues caí de rodillas desde un columpio contra el cemento, que entonces no era obligatorio ese suelo acolchado y blando de ahora, recuerdo vagamente que al bajar el columpio me golpeó en la cabeza y quedé casi desmayado, o desmayado sin casi. Te recuerdo llevándome a casa de Don Jesús cuando creyéndome Curro Jiménez, corriendo en la oscuridad me estrellé con un balcón, afortunadamente no me saqué un ojo y solo fueron unos puntos en el tabique nasal, y otra vez corriendo hacia casa del médico (antes íbamos a su casa y no al hospital) con el párpado partido tras un golpe en un partido de baloncesto… recuerdo tantos disgustos que te he dado.

Esta navidad, por obra y gracias de mi muy gran amigo Charly, he recordado sabores de entonces, el cardo con nueces que tú hacías como nadie, he tenido boniatos y mangranas, granadas para quien no sea aragonés, caquis… pero sobre todo he comprado guirlaches, que no son, ni saben como los de antes, pero que traen recuerdos. Y me he acordado tanto de ti y de papá y del tío Joaquín a quien tanto le gustaban, que he sido incapaz de explicarle a tu nieto todos esos sentimientos y tradiciones sin que afloraran las lágrimas y he preferido callarme.

He recordado la navidad, las fiestas del Pilar, la romería de la Virgen de la Fuensanta… tradiciones perdidas que aunque, contra todo pronóstico consiga recuperar algún día, estarán plagadas de ausencias y ausentes de vuestra esencia…, para siempre.

Pero hoy no es día de tristeza, hoy eres tú, hoy es tu cumpleaños, hoy es primavera que avanza dentro de este invierno descafeinado. Hoy son nubes sin agua ni aguaceros. Hoy son nieves y tormentas de esas que el cambio climático, ese que según los políticos no existe, han descafeinado hasta casi difuminar por completo. Hoy luna llena con cielo frío, limpio y despejado. Hoy son luces sin sombras en mi recuerdo.

Hoy te aseguro que no todo se ha acabado, que sigues siendo mar con olas de poniente y luz en batiente.

Hoy son pequeñas las espinas, hoy son grandes y aromáticas las flores en el jardín de tu recuerdo. Hoy son nuevas tus ochenta y dos rosas, Rosalina

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6 comments

    1. No, yo no era trasto, al contrario, era bueno y tímido, era un ángel, todo era cuestión de mala suerte. Luego fui cambiando, de ángel a ademonio, y en ello me ando. Y también en ser un futuro escrito genial, incluso me conformaría con escritor aunque no fuera genial. Gracias por tu lectura y por tu comentario. Besos.

  1. Preciosa carta. Precioso leer a un hijo recordando su niñez y reconociendo todo lo que una madre hace. Todos sus sacrificios silenciosos. Su sabiduría. Su ternura. Cada vez que escribes sobre tus padres se me hace un nudo en el estómago porque valoro como sientes el recuerdo. Y a la vez me siento identificado en ese sentimiento con los familiares que ya no tengo y echo tanto de menos. Muchas gracias por compartir parte de tu corazón con todos. Un abrazo.

  2. Que orgullo para una madre “recibir” este gran regalo. Que carta tan bonita y profunda . gracias por compartir estos relatos tan personales, es un placer leerlo.

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