El rellano de la sicóloga

sicóloga

 

Despierto.

Ha debido rozarme el viento.

Mal momento para despertar, soñaba que todo estaba arreglado, soñaba que el cielo había oído mis oraciones, soñaba que había sucedido lo que para que suceda rezo. Soñaba. Ya no. Ahora estoy despierto. Todo ha vuelto a ser real, a ser cruel con rabia, a doler con saña. El viento no ha podido rozarme, está al otro lado de la ventana junto al frío.

¡Maldito frío, maldito despertar, maldita maldición!

Despierto.

Me arrastro hasta la ducha, la ducha es como la música, amansa a las fieras. La tibia caricia me acaricia. El líquido lascivo me transporta. No me amansa, al contrario, me embravece.

¡Ya! Cierro el grifo, ya no tengo más tiempo, ya no tengo más paciencia, ya no tengo. No, no tengo.

Desayuno.

Café solo. Solo café. Solo desayuno. Desayuno solo.

Es una ventaja que ciertos adjetivos ya no sea obligado acentuarlos, eso ayuda a la absurda ambigüedad de la estupidez. De sólo a solo. De oca a oca. Solo porque me toca. Siento algo extraño en mi juego de la oca, en mi loca cabeza loca. Toda lágrima es poca. Mi mundo se hunde por encima de mi línea de flotación.

Recuerdo que ayer me bebí la vida y me comí al cielo. Me indigesté.

Recuerdo que la Luna era el sueño porque estaba lejos, recuerdo que pronto me quedé solo aunque todos me brindaron su apoyo. Recuerdo…, o a lo mejor no son recuerdos, solo sueños, o recuerdos que soñé que recordaba… solo. No lo sé. Ya nada sé. Ya nada soy. Solo nada.

Lo cierto es que sé que hoy siento mariposas en el estómago, otra vez. Me tiemblan las piernas, me galopa deprisa el corazón. Respiro con dificultad y debo inspirar muy hondo, muy largo, muy lento y muy dentro para no ahogarme. El pecho me oprime hasta dolerme la espalda, tiemblan mis manos con demasiada asiduidad y me tiembla el tiempo y me titila -como diría el poeta- el alma.

Voy a la cocina, abro la caja de Pandora, el cajón de los cuchillos.

Salgo.

No soporto la soledad de la cocina solitaria ni la angustia de estos sentimientos que sin permiso me invaden. ¿Quién les manda sentir sin mi consentimiento ni asentimiento?

Y el corazón palpita a morir, se acelera la respiración aunque no por ello el aire entra en mis pulmones y la sangre se agolpa y, se diluye y, se viene y, se va, marea incansable, incesante, impenitente marea que me marea y… me seduce de dulce amargura.

Salgo a la escalera indispuesto para matar el día. En el rellano está mi vecina. El viento ha debido traerla. No es guapa pero hoy está…, hoy en el ascensor la veo…, diferente. Será la primavera que  me altera en lo más frío del otoño.

Le cuento en menos de dos pisos lo que me pasa, lo del estómago, lo del corazón, lo de los pulmones, lo de las piernas…, la convierto en doctora paciente, en siquiatra oyente. Le explico uno a uno y con detalle todos mis síntomas.

Ella, con intuición femenina, sicoanaliza la dolencia.

— ¡Uy madre! Eso va a ser amor, tú te estás enamorando.

Antes de llegar al garaje nos besamos con desenfreno. Pulso el botón de parada y pulso el resorte que desabrocha su sujetador, pulso todo su cuerpo y lo compulso en un impulso.

Jamás le diré que no, que no era amor, que se equivocó en el diagnóstico. Jamás le diré a mi precipitada doctora que se equivocó de mandamiento, que era en torno al quinto y no cercano al sexto el pecado que yo necesitaba cometer.

Escondí a tiempo el cuchillo en un polvoriento recoveco del viejo elevador. Jamás confesaré a nadie, y menos a ella, que aquel día me desperté transformado en criminal, que amanecí con ganas de matar a alguien y que a ello me dirigía cuando ella lo impidió con once palabras, mil caricias y un orgasmo.

No creo que nos amemos, no, no lo creo, o tal vez sí. No obstante sobrevivimos juntos y nos reímos si el viento nos acerca los cuchicheos de los vecinos cuando dicen que nos oyen cruzar muchas veces el rellano. Trajín lo llaman esos cotillas de pacotilla, ¡qué sabrán ellos de trajinar! El cuchillo sigue oculto entre el polvo del recoveco en el ascensor. Los dedos siguen haciendo surcos en la piel arrancando placenteros suspiros.

Y la sangre, la sangre está dentro de los cuerpos que al fin y al cabo es donde debe estar. Todo debe de estar en su sitio, me gusta el orden, yo siempre he sido muy ordenado.

El rellano huele a limpio. Mi sicóloga está terminando de encender las estrellas con su diagnóstico equivocado, pronto su medicina infalible me curará bajo la luna. El viento, ahora que ha pasado la tormenta, atraviesa el cristal de la ventana para abrazarme y barrer mis miserias.

Esta noche, a la sombra del candor de sus ojos, en el filo de seda de sus sábanas, le confesaré  con mis más almibarados susurros que por ella bebo los vientos.

 

 

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2 comments

  1. La verdad es que produce un intenso escalofrío pensar que esos asesinos, esas personas que un día mataron a alguien, en cualquier circunstancia y sin perdón para su pecado… eran vecinos de alguien, que coincidían con él/ella en un ascensor, en un pasillo, en un rellano, en una junta de vecinos… que miedo pensar que nunca se conoce bien a nadie… un saludo, Ángel

    1. El miedo, amigo Gerardo, es que no se conoce bien ni a uno mismo. A mí me asusta más pensar que puedo ser yo el protagonista, ¿quién me dice que un día no se produce en mi cerebro el cortocircuito y protagonizo una escena de esas de la España profunda, de la España vacía? En este relato he querido dar un final feliz, el protagonista cambia sangre por amor, espero que en la vida real también sea así, siempre. Y sobre todo que triunfen el amor y LA PALABRA. Siempre.
      Un abrazo y mi agradecimiento de nuevo por tus palabras.

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