El poder de la palabra

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Primer premio del II Certamen de Relato Corto ATENEA 2018. Ayuntamiento de Armilla, Granada.

Que el tren circule hacia atrás en mares de palabras; que el tiempo camine a favor y no corra en contra en todos los recónditos rincones de anónimas existencias; que el momento crucial regrese para quedarse y nos regale opciones de cambiar el futuro y de convertir en dulces sueños los lodos oscuros. Que seamos capaces de postergar el presente hasta vestir nueva armadura y sin escaramuzas, logremos hacer perfecto el imperfecto pasado.

Una mañana, fiel reflejo de otra mañana; idéntico calco de las mañanas de todas las mañanas. Temprano se enfrenta al espejo, temprano y sin palabras emprende camino. Quijote sin Rocinante, cabalga a lomos de un vagón herrumbroso, triste y gris. Viaja con tiempo, siempre con amplio margen para no llegar tarde a la obligada cita con su labor en su gigantesco molino. Llega pronto siempre, es puntual.

Sale del vagón del metro, siempre del mismo. Se sienta en el primer banco que es el más cercano a la puerta, siempre el mismo. Se pone la chaqueta como disponiéndose a salir a la calle y comenzar la batalla, pero todavía no inicia su camino, permanece sentado. Abre de nuevo el libro, nunca el mismo, siempre uno distinto, e invierte el tiempo que le resta en leer, sin prestar atención al resto del mundo, sin atender a nada que no sean las aventuras de esas páginas. Embebido en el texto, embrujado por el poder de las palabras. Dispuesto a salvar a la princesa, a derrotar al dragón, a resucitar gigantes, a domar brujas malvadas y seducir bellas damiselas.

Pocas frases más tarde llega ella, él no la mira; no se miran, no se ven. La dama se sienta a su lado y abre su propio libro. Están tan cerca que oyen el sonido del papel ajeno al pasar las páginas, tan cerca que percibe el uno la respiración del otro, tan cerca que podrían participar en las aventuras de los personajes de la obra del vecino. Se convierten en una yuxtaposición de palabras, un conjunto compartido de vecindad y figuras retóricas. No obstante no se hablan, ni se miran. No se oyen, ni se ven.

Leen juntos pero por separado. Leen en silencio y en acompañada soledad y, en acompasado ensimismamiento, asisten al apresurado caminar de la estulticia cruel de la rutina. La evasión fugaz se sirve cruda en los andenes.

A las nueve y media en punto, ella, como por descuido, mira el reloj. Cierra el libro, lo guarda en el bolso, cobija las aventuras en su corazón, se levanta con el sabor de la tinta en sus párpados y se dirige a la salida más cercana tratando de percibir en nuevo enfoque, la luz artificial  y la realidad de su día.

Pasados unos segundos de las nueve y media, como por descuido, él levanta la vista de su libro y la mira. Acompaña con sus ojos su caminar. Ella no se vuelve aunque se sabe observada y desaparece doblando la esquina. Él guarda ese movimiento lento y atractivo y dulce y sensual de sus caderas en su retina. Guarda el libro, ahora sí comienza la marcha, da rápidas zancadas con la presunta intención de observarla. La sigue durante unos breves instantes, solo aprecia su espalda, parece que va a alcanzarla pero sus caminos son distintos, no son libres, no pueden elegir rumbo, sus itinerarios están establecidos y de ese modo sus destinos tienden a divergir.

Al día siguiente, mañana, pasado mañana y al otro, son protagonistas y espectadores de la misma escena. La misma coreografía de lunes a sábado. Los domingos cae el viejo telón para no abrirse, en el día de descanso semanal se recuerdan y se añoran. Compañeros silenciosos y desconocidos de banco y de lectura. Al cabo de un tiempo inmersos en esa rutina, no son capaces de describirse el uno al otro, prosopografía imposible a pesar de su cercanía. Reconocen su perfume, sus gustos literarios, su ritmo de lectura, y sin embargo…, ¿de qué color tiene los ojos? ¿Cómo es la forma de su rostro? ¿Son límpidas sus mejillas? Él podría dibujar el dorso de ella, y describir su atractivo caminar, su ropa elegante y desenfada a la par, y…, nada más. Ignora su nombre y el tono de su voz. Se conocen y se desconocen, se adoran y se ignoran.

Y así navegan los días por los mares de la vida y aparece en el horizonte uno rebelde en que la marea traidora cambia el escenario y las olas son engullidas por la arena.

Desembarca ella en la estación que casualmente lleva el nombre de un poeta. No está él, no ha llegado, el banco permanece solitario y vacío, como todos los demás bancos solitarios y vacíos de la estación. ¡Qué extraño!

<<Se habrá retrasado, quizá se ha quedado dormido, esperaré, seguro que no tarda en aparecer>>.

No se concentra en la novela, no sabe ni comprende lo que lee, alza la vista cada vez que arriba un tren, no obstante él no aparece en el andén ni ocupa su lugar en el banco y el convoy se marcha burlándose de ella con metálica ironía.

A las nueve y media en punto, como siempre, mira el reloj. << ¿Qué le habrá pasado? ¡Qué extraño, él es siempre tan puntual!>> Decide aguardar un poco más, y poco más tarde decide aguardar un poco más todavía. Va desmigajando los minutos con inefable intriga, llegará tarde a trabajar, ella que nunca se retrasa, no se puede marchar con la incertidumbre, ¡qué desasosiego durante toda la jornada!

Sí, sí puede irse sin respuestas, los tentáculos de la obligación aspiran su cuerpo y absorben su presencia, se levanta contrariada, guarda el libro que esta mañana no ha leído y se marcha despacio. Se ha retrasado demasiado y su compañero sigue sin llegar. Su caminar no es gracioso hoy, ni dulce, cada tres pasos se vuelve a mirar atrás con la esperanza renovada. Se marcha con la incertidumbre nimbando sus pasos. Solo y vacío queda el banco entre luces artificiales, ruidos chirriantes y urgencias de apresurados viajeros. Sola y vacía abandona el lumpen y se encamina a su tarea.

Al día siguiente se levanta todavía más temprano. Siente necesidad de llegar a esa estación, a su banco del  andén. Siente la imperiosa necesidad de compartir lectura con su anónimo compañero. Por fin lee el nombre del poeta anunciando que ya ha llegado a su estación de destino. Sale del vagón con prisa y su desilusión desmaquilla su rostro al ver de nuevo vacío el espacio que soñó ocupado.

<<Es temprano, demasiado pronto, he llegado mucho antes de lo habitual, no tardará en llegar>>, piensa mientras toma el libro y ocupa su asiento.

Pasa las páginas sin concentrarse en la narración, las palabras han perdido su poder embaucador, son tan solo caracteres oscuros en papel blanco que no consiguen tamizar su angustia. Vuelve varias páginas atrás una y otra vez tratando de coger el hilo, alza la vista cada vez que el eco de unos pasos le advierte de la presencia de viajeros. Observa con impaciencia y tristeza la llegada de muchos trenes, el estrés de muchos pasajeros.

Y no aparece ese al que ella aguarda.

A las nueve y media en punto mira su reloj por decimonona vez, <<¡qué extraño!>>, piensa mientras sin pensarlo decide esperar.

Y espera, y espera, y desespera. Tiene el corazón hinchado de angustia y la cabeza repleta de misterios desordenados.

Llega a la oficina más tarde que el día anterior y más pronto que mañana. Llega cada día más tarde al trabajo, más ojerosa, más cansada. Le advierten en la empresa sin frases melifluas de que su comportamiento puede ser motivo de sanción.

No le preocupa, su aflicción es otra.

<<Es una situación pasajera, seguro que está de vacaciones, eso es, ha tenido unos días de vacaciones y pronto todo volverá a la normalidad>>.

No, no está de vacaciones o estas no se terminan nunca. Apenas duerme, casi no come, lee poco y sin comprender ni asimilar lo leído. En las semanas siguientes recibe varías sanciones en la empresa, algunas faltas graves. Una más, un ligero descuido, un nuevo error y será despedida.

Y un mal día entre los malos días que persistentes la acompañan, sucede lo inevitable. La carta de despido. Al principio no le da importancia:

<<Mejor así, de este modo tendré más tiempo para esperarle>>.

En las primeras semanas de su nueva situación de parada no le preocupa el desempleo, recorta sus necesidades a lo más básico y elemental, aprende a caminar tambaleándose en los umbrales de la pobreza. Permanece todo el tiempo sentada en el banco del andén, escrutando trenes, viajeros, llegadas y partidas. A la hora de abrir la estación al público ya aguarda en la puerta y a la hora de cerrar sale despacio arrastrando la triste alegoría de un nuevo fracaso.

Un mes más tarde se niega a abandonar la estación. Quiere a toda costa permanecer allí en eterna vigilia en espera perenne. Entonces los empleados se ven obligados a expulsarla sin contemplaciones, hay que deshacerse de “La Loca”. En esa época ya no duerme, sueña despierta el regreso del amado; come poco y mal; no se asea; no cambia el libro que siempre es el mismo al igual que su ropa. Envejece a cada página, a cada segundo, a cada letra, a pasos agigantados. Deambula por el frágil alambre de la demencia.

Protagoniza una paradoja cuando pierde toda esperanza y también la ilusión y como último refugio se oculta en el alcohol.

Estando ebria escribe en primera persona escenas violentas con pasajeros que ocupan su banco sin permiso. Uno de los altercados resulta tan grave que la lleva frente al juez, y este firma una sentencia que la condena al siquiátrico.

Está desolada. No por ser conducida a un sitio que no conoce, sino por no poder aguardar a su amado lector en el lugar habitual de sus citas.

Junto a otros tres enfermos hace el viaje. Ella no cesa de mirar al exterior por la ventanilla del furgón sin dejar de parlotear, en el idioma de los dementes, réplicas, insultos y groserías. El día es espléndido, radiante, mas no es esa belleza la que busca su mirada. Llevaba meses sin contemplar la luz del sol, sus ojos se dañan con los rayos y el calor lacera su cerebro, exégeta de un paisaje hostil en el que subyace un túnel sucio y oscuro. Se diría que el sol tiene la capacidad de robarle el alma.

Entra, sin eufemismos, en el manicomio, que en realidad no es muy diferente de una estación de metro. Luz artificial, viajeros que deambulaban sin sentido de un sitio a otro con rumbo ambiguo. Busca un banco libre para sentarse a derramar sus lágrimas y leer su único y vetusto libro de ajadas páginas amarillas.

Es entonces cuando lo ve. Sentado, leyendo. Su uniforme azul celeste no puede engañarla. Es él. Seguro. Qué feliz serendipia, buscando un poyete para sentarse ha hallado una isla en medio del océano. Un oasis que la rescata de su espejismo.

Corre hacia aquel hombre cuyos ojos ensimismados devoran palabras y se planta a su lado con una sonrisa radiante dibujada en su rostro.

—Hola —le dice escueta hablándole por primera vez para poco después incrementando la sonrisa añadir— por fin te he encontrado.

Él abandona despacio la lectura y busca los ojos de quien le habla tratando de separar ficción de realidad, locura de lucidez.

Por primera vez se ven. Como siempre se reconocen.

—Has tardado mucho en venir —afirma para enseguida preguntar—, ¿qué te ha pasado, has estado de vacaciones? Llevo siglos aquí sentado, esperándote.

— No importa, ya estoy aquí y ya nada podrá separarnos.

Se besan con ternura, con todo su amor, con todas sus palabras. Se sientan el uno junto al otro, el otro al lado del uno y construyen párrafos enteros de cariño. Abren el libro de la insania, el de la vida, el del candor y en él se sumergen todos los días creando aventuras inciertas e irreales y manifestando sin cesar su categórico deseo de ser dejados en paz por los que están encerrados en su sano juicio, por los cuerdos que los pretenden rodear con sus ásperas cuerdas.

Construyen caricias de papel, ríos de tinta fluyen por sus venas, sus años solo pueden contarse por primaveras, el corazón dicta las frases que sus labios vindican y comparten.

Siempre cogidos de la mano, nunca se separan, jamás nada ni nadie consiguió apartarlos. Sin trenes ni andenes viven ya, sin tiempo al que vencer en carreras de ciega obediencia, sin lodos oscuros, sin inciertos futuros ni imperfectos pasados.

Aquellos a quien el poder de la palabra ha unido en su sabia locura, no los separe nadie, ni hombre ni Dios. Aquellos que la libertad, los sueños y el amor han alcanzado, enamorados, disparatados y libres vivan por siempre en su ínsula.

 

 

 

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2 comments

  1. El poder de la palabra es un relato de amor, un amor que excluye la rendición y que explosiona sin una sola palabra. Amor no hablado, amor disimulado en los gestos estudiados… y cuando el miedo a no volver a verlo llena toda su mente, todo se desvanece… hasta que de nuevo él está a su lado… amor sin lógica ni razón ni coherencia… un relato donde las palabras no dichas están enraizadas en el corazón. Mi más sentida enhorabuena por este relato, Ángel. Un saludo.

    1. Gracias, amigo, por tus palabras y tu visita a mis textos. Lo curioso es que en un ambiente en el que no llegamos a fijarnos en nadie, ni siquiera podemos describir la cara del vecino, se puede llegar a entablar una amistad o un amor silencioso. Ese es el poder de la PALABRA, de la escrita.
      Un abrazo de corazón, Gerardo.

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