Epístolas de un escritor frustrado

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El 23 de agosto gané el XV Certamen de Relato Corto La Risquera con mi relato Epístolas de un escritor frustrado.

Se trata de una obra en la que se cuenta la vida de un escritor narrada con cartas de distintos personajes que se publicará en la revista La Risquera de diciembre.

 

 

 

Estimados señores del departamento de lectura de Editorial Plan Zeta.

Les envío el manuscrito de mi primera novela. Estoy seguro de que recibirán múltiples originales de escritores novatos cargados de ilusión, no obstante me permito adelantarles que esta obra es distinta. He puesto en ella todo mi esfuerzo, todo mi corazón y mucha ilusión, les garantizo que está repleta de calidad literaria. Si la leen con la debida atención les encantará y decidirán, con buen criterio, publicarla. Tanto entusiasmo he derramado en esta obra que a pesar de mis apuros económicos pedí una excedencia en mi trabajo para terminar de redactarla con la dedicación, la concentración y el mimo que la novela se merece. Y lo hice con la oposición y el inherente enfado de mi esposa que no entiende mi pasión y menos todavía que deje de trabajar para dedicarme a lo que ella llama mi maldito Hobby.

       Corregida, pulida y aderezada, la remito a su departamento de lectura para su estudio y valoración.

El Autor.

                                                            —–

Querido escritor:

Estamos interesados en publicar su primera novela. Sin embargo debemos advertirle de un liviano inconveniente. Debido al momento económico apurado y la profunda crisis del sector del libro deberá usted correr con el cincuenta por ciento de los gastos de edición.

       Reciba un cordial saludo. El Editor.

                                                                   —–

       Querida mamá:

Por fin voy a publicar mi primera novela. Bueno en realidad de ti depende si la publico o no. Necesito que me prestes seis mil euros para cumplir mi sueño. Esa cantidad es la mitad de la edición según dice el editor. Te prometo que te los devolveré en cuanto pueda. En régimen de intereses puedes contar con el orgullo de tener un hijo escritor.

       Tu hijo que te adora.

                                                       —–

       Querido compañero y no obstante amigo… o viceversa:

Hace al menos diez años que no tengo noticias tuyas y supongo que tú tampoco mías.

       ¿Te acuerdas cuando nos conocimos en el club de lectura? ¡Qué jóvenes éramos y qué delgados estábamos! ¡Cuántos sueños vertidos en papel, cuánta tinta desparramada y cuánto esfuerzo invertido! Tú te bajaste en la primera estación. Te diste cuenta de que este mundo de palabras livianas y frases inventadas no te daría la felicidad y arrojaste la toalla. Yo insistí, todavía insisto y resisto porque existo.

       Por si no lo sabes te lo cuento. Conseguí publicar mi novela y para sorpresa de todos tuvo éxito. No para volverse loco, ni rico, pero no me puedo quejar. Publiqué más obras, incluso gané premios. En la actualidad estoy en un punto intermedio, no llego a la cúspide de la pirámide del triunfo pero tampoco estoy en la base del más estricto anonimato. Es una situación incómoda, no obstante sigo escribiendo, algunos libros tienen éxito, otros son verdaderos fracasos, cuanto mejor escribo menos vendo y viceversa.

       Mi mujer se cansó de mi literatura y de mí. Se fue, bueno en realidad no, ella se quedó, el que se tuvo que ir fui yo. Nos llevamos bien, me permite ver a los niños cuando quiero y puedo. Nos vemos cuando ellos quieren y pueden. Les paso la cantidad estipulada cuando puedo; no siempre querer es poder.

       Mamá murió. Justo el mes que le pagué el último plazo y que conseguí devolverle el dinero que me había prestado, se me fue, cuando más la necesitaba me dejó. Sin embargo tampoco puedo reprochárselo, estoy convencido de que se fue contra su voluntad.

       He publicado otra novela. Te envío la invitación para la presentación. No te sientas obligado a ir y si vas, no te sientas obligado a comprar el libro. Te invito por el placer de verte, han sido tantos los amigos que me han fallado, eres el último que me queda y me quedas lejos en la oscuridad de una larga ausencia.

       Me despido, tengo una reunión con mi editor, tenemos que acordar el peliagudo asunto de la promoción del libro. Ahora se invierte más tiempo y esfuerzo en promocionarse que en escribir. Cada vez me dedico más a lo que menos me gusta.

       Recibe un abrazo sincero de tu amigo que aún lo es.

                                                       —–

       Querido ex:

Sí, tienes razón como casi siempre. En otras artes no tienes arte pero en recordar fechas nunca te has equivocado. Es cierto, hoy no es nuestro ex aniversario, ni tu ex cumpleaños, ni tocaba que te llegaran noticias mías hasta la mentirosa fraternidad navideña. Hoy te escribo por otro motivo.

       Espero que al recibo de la presente te encuentres bien de salud; yo regular, adiós gracias. Mis acuciosas necesidades no son tan imperativas como cuando te fuiste, como cuando te invité a marcharte, si así lo prefieres. Mis costumbres y preferencias no han cambiado, me sigue molestando la soledad pero cada vez se me hace más necesaria; continuo ocupando mi lado de la cama aunque ningún cuerpo temple, por el momento, la otra mitad. Y sigo, eso sí, parándome junto al árbol que juntos plantamos en el jardín el día de nuestra boda. Todas las tardes, no importa si hace frío o calor, si llueve o caen chuzos de punta, si estoy cansada o derrengada, me detengo bajo su sombra. Me gusta miccionar en su tronco del mismo modo que tú te ciscaste en nuestra convivencia, orino en su tronco aunque no tenga ganas a ver si se pudre y se muere de una puta vez.

       Por el barrio todo sigue igual, algunos vecinos ya no están entre nosotros. Ley de vida. Ya nadie me pregunta por ti. Ley de actualidad. No es que no se acuerden, es que están cansados de mis evasivas. Al principio circularon rumores, ¡qué aburrida será su vida para tener que cavilar tantas bobadas! En eso se parecen a ti, no dejas de imaginar aventuras y desventuras imposibles ni de fabricar personajes inverosímiles ni de vivir como propias vidas ajenas. Fantasía e imaginación nunca te han faltado.

       Te mando estas letras para decirte que ayer te vi en televisión. Estabas guapo, un poco avejentado pero todavía atractivo. Se te veía feliz hablando de tu nuevo libro. Se percibe que estás satisfecho del resultado final. Te deseo que sea un éxito, de verdad, en parte por egoísmo, por los detalles económicos de nuestro acuerdo de separación. Tus letras que nos alejaron sin remedio ahora son parte importante de mis ingresos. Compraré la novela, la anterior me gustó mucho. Espero que me la dediques y esta vez no mientas poniendo esa horterada tuya: con cariño.

       Al final tendrás razón, no me extrañaría que lo consiguieras como todo aquello en lo cual te empeñas en cuerpo y alma, al final masticarás tus sueños para alimentarte, conseguirás vivir del cuento y de falsas palabras soñadas. ¡Qué aproveche!

       Tu Ex.

                                                                   —–

Querido lector:

Quiero contarle a usted la verdadera historia de su vida que a la sazón es la mía y créame cuando le digo que no resulta sencillo hacerlo. Y no le hablo solo del dolor, la rabia y la impotencia que siento recordando lo sucedido, hablo también de la dificultad más básica, de la carencia del material necesario, porque no me negará que es complicado escribir sin manos, ni cerebro, ni corazón.

       Al otro lado de la ventana, fuera de mi adorado salón, lejos de nuestro ordenador y de la pantalla de nuestra vida, todo sigue igual; su recuerdo se difumina, se disuelve en el tiempo y aquellos que supuestamente un día lo amaron siguen con su existencia, ni se han inmutado ante su ausencia. Y yo continúo encerrada en mi cárcel de madera de cerezo y cristal de Bohemia, condenada a cadena perpetua en mi privilegiada atalaya, destinada a criar polvo mientras él cría malvas en el jardín del edén.

       Yo era joven todavía cuando llegué a su vida, recién salida del horno. No era demasiado atractiva, pero tampoco carecía de encanto y belleza. Desde el primer momento le gusté, le caí bien, por eso me colocó en lugar preferente de su existencia.

       Él ya no era joven cuando me conoció, frisaba la vejez, o eso al menos afirmaba siempre que tenía ocasión de hacerlo. Se definía irascible y gruñón, voluble y susceptible, egoísta y cabezón. Decía que le hubiera gustado ser un bohemio, pero al día siguiente cambiaba de opinión y se le dibujaba la nostalgia en los ojos. Si estaba inspirado y de buen humor podía escribir meses enteros sin descanso, aunque raro era el día en que se daban esas dos circunstancias a la par. El café siempre estaba presente en su trabajo, al lado de la pantalla, en el lado opuesto del ratón. A su izquierda, como yo. Le gustaba al estilo de los vaqueros del viejo oeste: fuerte, largo, solo y sin azúcar. Amargo y negro como su destino.

       Yo me enamoré de él como una boba desde el primer instante. Era alto y fuerte. Atractivo. Las sienes plateadas lo hacían interesante y a mí me volvían loca sus labios. Me derretía cuando los posaba en mis contornos. Era simpático, dulce y cariñoso, trabajador, perfeccionista, romántico. Conmigo siempre fue bueno, siempre pendiente de mí. Y yo de él, de sus letras. Era escritor, escritor fracasado decía él, escritor genial insistía yo que leía cuanto escribía apenas aparecía en la pantalla del ordenador.

       A lo largo de su carrera se fue creando seguidores y detractores, amigos y enemigos, más de aquellos que de estos, pero de todo hubo porque todo tipo de yerba tiene que crecer en el reino del Señor. Es lo que tienen la literatura y la puta envidia. Yo lo amaba y con amor leía siempre sus líneas, leía incluso las que desechaba y borraba y nadie sabía de su efímera existencia excepto él y yo. Yo era feliz leyendo sus palabras, sintiendo sus ojos clavados en mis curvas, sus manos en mi cintura, sus labios en mi ser. Yo era feliz hasta aquella navidad maldita en que lo asesinaron. Yo estaba allí. Yo sé quien fue, vi al asesino disparar la pistola y fue aquella noche cuando decidí escribir unas pocas palabras.

       Su ex esposa no fue, nunca hubiera sido sospechosa. Ella tenía coartada y además, ella en el fondo lo quería. Antes de que se separaran se acercaba a veces por su espalda, se quedaba en pie tras él. No leía lo que había escrito en la pantalla del ordenador pero lo abrazaba y le besaba la nuca, las mejillas. Hablaban un rato, bromeaban, se reían y luego ella se iba a dormir porque él escribía de noche. Cuando ella se iba a sus aposentos él me buscaba, me tomaba por la cintura y posaba sus labios en mí, no una sola vez sino muchas veces, continuamente, durante toda la noche me besaba su boca. A veces se quedaba así, inmóvil, sus labios apoyados en mi cuerpo, mirando a la pantalla del ordenador y pensando en su próxima frase, y entonces yo me volvía loca de gusto con su cálido y persistente contacto.

       Murió en una noche de invierno, una noche de soledad y literatura que es lo que se había ganado a pulso. Alguien llamó a su puerta, él interrumpió su trabajo, antes de abrir me tomó con su mano siniestra, me acercó a su boca, posó sus labios en mí por última vez, me dio un beso de despedida sin saberlo y bebió de mí un largo sorbo apurando mi contenido. Me dejó para ir a abrir. No hubo discusión, el criminal no venía para hablar, venía a enterrar su odio, su miedo y su envidia.

       Disparó. El cayó sobre la mesa, a pocos centímetros de la pantalla donde se reflejaba una página de la novela que estaba terminando. El asesino no tuvo curiosidad por leer ni una sola línea de su obra. Cumplida su misión, alcanzado su objetivo de destrucción, huyó.

       Pero había un testigo, yo estaba allí, lo vi. No podía permitir que el crimen quedara impune, de modo que cobré vida, hice un soberano esfuerzo para moverme hasta el teclado. Me deshice de la cuchara que había en mi interior y que nunca comprendí porqué la usaba si su café no tenía azúcar. Rodé literalmente por la mesa, deslicé mi asa sobre las letras y en la pantalla, en la última línea que él había escrito, añadí el nombre de su matador, como si él le hubiera acusado, como si fueran sus dedos los que, antes de perecer, certificaban el nombre de quien le quitó la vida.

       Mi amado murió, su asesino fue a la cárcel y yo…

       Su ex esposa no tomaba café y por tanto no necesitaba una taza. Me encontró sucia apoyada en el teclado del ordenador de su ex marido, me recogió. Por no tirar a la basura un recuerdo de su finado y amado ex esposo, me metió en el lavavajillas, tortura a la que él nunca me sometía. Me guardó en la estantería que es mi celda de madera y cristal desde entonces. Y aquí estoy, criando polvo, sin ilusión, sin que nadie me use ni me ame, sin esperanza de que vuelvan a llenarme de café al estilo de los vaqueros del antiguo oeste y que alguien me tome con su siniestra por la cintura y me aproxime a sus labios mientras aporrea las teclas arrancando palabras a la vida, creando frases soñadas y haciendo aparecer literatura en la pantalla del ordenador.

       Soy un simple recipiente de cerámica vacío, polvoriento, varado y olvidado en la atalaya privilegiada de la estantería.

       Atentamente. La taza de café de un escritor frustrado.

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2 comments

  1. ¿Qué decirte? Una vez más un relato sorprendente, lleno de imaginación y sensibilidad, siempre a flor de piel… me ha encantado y desde luego te felicito por el premio más que merecido. La taza de café del escritor que gran idea!!! Un abrazo Ángel.

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