Sin categoría

Hermanos del amanecer

Hermanos del amanecer, una gran canción llena de poesía del grupo turolense EFFE.

 

Decías que teníamos que caminar primaveras, que había en nuestros dedos letras para escribir muchos libros, que teníamos notas para componer miles de canciones, que nuestros besos eran versos conversos y convexos que llenarían infinitos poemarios de rimas de perfección.

Decías que el otoño no desembocaría en invierno, que el infierno no rompería los jirones ya dibujados ni embargaría las horas de la piel, decías que todo lo que decías eran olas navegando verdades en tu mar. Sumar que no restar.

Y ahora ¿dónde está la promesa del amanecer, en qué playa grita el viento el nombre que pronuncia a diario en su atardecer, qué acorde hay que silbar al perro de la magia para que acabe con las ratas de esta puta ciudad?

¿Dónde está tu piel, dónde mi hiel, dónde la luna y el reflejo del horizonte, dónde el amor que íbamos a tejer como hermanos, como dos almas con un solo latido inmenso y unido?

¿Por qué hoy sabe a nada la miel de aquellos besos que supieron a poco, por qué las nubes son negras si fueron azules, por qué las suelas de las botas de los soldados comprados para salvarnos pisan las cenizas de nuestros cristales hechos añicos y los sumergen en aquellos lodos hijos de aquellos barros?

Todo lo que empieza comienza a terminar en el mismo momento de su inicio, todo lo que nace empieza a morir lenta pero inexorablemente, entonces, ¿por qué nos prometimos ser eternos, por qué derretimos el hielo vertiendo sobre su espejo la miseria del agua hirviendo sabiendo que se enfriaría sin remisión en un gélido mármol?

Me bebo la piel que me arranco en tragos cortos, en vasos largos y escribo líneas y legados imaginando que a nadie habrán llegado, como siempre, mis boberías de siempre. Después de la tormenta la calma es el negocio de los necios, después de la calma la tormenta es el lujo de la hoguera, después de todo la nada es el precio del desprecio, queda un océano de nada donde nadar por toda la eternidad con los rescoldos de recuerdos confusos.

¿Dónde está ese lugar donde construir la historia, dónde hay que empezar a edificar las ruinas del naufragio, por dónde sale el sol, solo el sol sin luna, sin lunares, sin espalda y sin respaldos, sin rencores, sin acordes sin que te acuerdes de todos los quereres que quisimos prometernos?

Hermanos de sangre en la noche del amanecer.

Fango en las manos y en los faroles apagados de mis orillas.

Ceniceros repletos de humo que se ha fumado a nuestra mala salud un taimado diablo.

 

 

Anuncios

De papel de plata

EFFE es un grupo turolense que suena así de bien. De papel de plata es una de las canciones de su primer disco titulado Cuentos de invierno.

 

 

 

Hoy quiero volver a trastear contigo. ¡Joder, no me acuerdo si era trastear o enredar! En todo caso tú sabes a qué coño me refiero.

¿Cuántos rombos tiene ese verbo que no sé conjugar y cuyo infinitivo es una tortura circular? ¿En qué tipo de papel has envuelto tus sentimientos para que no transpiren y en qué papeles están ocultos tus recuerdos? Papel de estraza. ¡Joder, no me acuerdo si era de estraza o era de plata! En todo caso tú sabes a qué coño me refiero.

A la hora que quieras, sabes que estaré en el balcón aguardando los besos que calman mi tormenta, mi tempestad, mi veneno. Sabes que acepto todos los retos, sabes que a mí no me vence el sueño, ni tampoco me derrotan los sueños. Solo tú eres mi sueño y mi pesadilla, mi victoria y mi derrota, eres mi bandera y los andrajos de mis restos.

Sabes que sé cómo parar las olas aunque nunca supe nadar. No sé guardar la ropa ni sé en qué cajón están las toallas para secar mi llanto después del baño. Sabes que sé enfriar al calor aunque nunca quise aprender a patinar. No sé patinar pero resbalo a diario cien millones de palabras equivocadas y destilo sinrazones si me bebo los mares adecuados.

Sabes que no sé, sabes que todo lo hago mal, que la luna es la única que me puede entender y solo si hace de ce y no es creciente. Sabes que no puedo vivir sin los abrazos que iluminan mi noche, sin la noche que oscurece mis días, sin los días que amanecen a escondidas derrotando lunas de mentira en batallas de papel de plata. ¿Eran de plata los abrazos o eran de estraza?

Soy tu peor postor, el mejor impostor, tu cero a la izquierda, nada. Me gusta mecerme en el pico de la luna cuando hace de de y no está menguando y columpiarme en las estrellas cuando las ocultan tupidas nubes. No me gustan los gatos en los callejones ni los maullidos de los poetas que riman por soleares. Y el eco ya ni siquiera repite las palabras que mi garganta grita cuando mi voz se desgañita pidiendo ayuda, un cable, una soga para ahorcarme.

Sabes que es dolor todo lo que trazas. ¡Joder, no me acuerdo si era dolor o calor! En todo caso tú ya sabes a qué coño me refiero. Esta vez el tiempo perdido va de tu cuenta, de tu parte, pagas tú la próxima ronda que será la más cara. Lo dijo el bardo aquella noche del naufragio, el mismo espacio hay entre tú y yo que entre yo y tú; y yo esta noche sin barco suscribo sus palabras. Solo una pequeña diferencia existe, tus labios detienen a las olas, a las tormentas, a los océanos y al viento. Los míos apenas contienen al miedo. ¡Joder, no me acuerdo si era al miedo o al hielo! En todo caso tú ya sabes a qué coño me refiero.

Mi alma y tus caballos empañaron el cristal ayer, y hoy, aúllo en soledad desempañando de tristeza las imágenes. No te puedo rozar en invierno ni te puedo sudar en verano; ni quiero soñarte en primavera ni desnudarte de otoños. Quise cambiar el mundo, creí que era capaz. ¡Iluso insensato!, y te veo pasear abrazada por otro y mañana nada cambiará, todo será igual y a mí qué más me da. El último barco ha partido, una ola traidora lo ha golpeado y lo ha partido y los marineros preparan sus trampas, sus viejos trucos para jugar su último partido con ventaja de tahúr. Y ya está, el telón de acero cae. ¡Joder, no me acuerdo si era de acero o de papel de plata o de estraza! En todo caso tú ya sabes que es tu coño al que me refiero.

En tus abrazos de estraza van infinitos recuerdos.

En tus besos de Judas van mentiras disfrazadas de verdad.

En tu papel de plata van mis palabras al viento.

En la botella hay un mensaje en un idioma imposible de descifrar.

No quiero que el sol…

 

Pinta olas para ser libre y que yo pueda flotar. Avanzaré siempre hacia dentro, hacia el horizonte, en pos de los reinos de Caronte allende los bares. Dibuja mares con espuma y sal, añade trocitos de corazón, sentimientos del alma. Pinta aguas frías que limpien de abrojos los arcanos de los días y respira la arena blanca que tímida se alza para acariciarte.

Se rizarán hacia arriba, hacia el cielo azul, las olas azules de la vida; se enzarzarán hacia abajo, hacia el cárdeno infierno las vidas ópalo de fuego de las olas. Olas y adioses, y tus trazos llenando de colores las olas de los dioses.

Desnúdate de tristezas, desabrígate de dudas, solo vístete con una flor el cabello. Flor única que de belleza lo hará bello y deja que flote al viento, déjalo inerte en el mar y que los pétalos de esa flor viajen como mensaje sin botella llevando palabras al otro lado de los océanos.

Pinta olas para que los pétalos y yo podamos navegar tu cabello, para que cada pincelada sea un solo sentido, un sentido sentimiento, un susurro de silencio. Ahora nado solo en aguas turbias, nado a mi puta bola y si vienes sola aullará el sol y despertará el viento.

De espuma arena y sal se desvestirá el mar en tu lienzo, ladrará el sol, morderá el miedo y yo varado en tu hombro espiaré tus trazos y cuando esté acabado el cuadro entraré en su marco.

Cuelga el pincel y la paleta, ven a nadar conmigo sin moneda de oro, sin ropa interior. En el interior de nuestro mar la ropa es innecesaria, es oscuro el abismo de las palabras. Los barcos hundidos volverán a reflotar para salvarnos, nos sacarán de este mundo repleto y nos harán para siempre sus náufragos. Supervivientes de sueños. Soñadores de recuerdos. Pescadores sin red. Artistas sin alambre. Cada brazada será un abrazo, cada inspiración un beso, cada expiración un latido.

No quiero que el sol me muerda. Prefiero bañarme en rayos de luna.

Acompáñame a nadar, el agua está muy fría y solo tus manos la podrán templar.

El rellano de la sicóloga

sicóloga

 

Despierto.

Ha debido rozarme el viento.

Mal momento para despertar, soñaba que todo estaba arreglado, soñaba que el cielo había oído mis oraciones, soñaba que había sucedido lo que para que suceda rezo. Soñaba. Ya no. Ahora estoy despierto. Todo ha vuelto a ser real, a ser cruel con rabia, a doler con saña. El viento no ha podido rozarme, está al otro lado de la ventana junto al frío.

¡Maldito frío, maldito despertar, maldita maldición!

Despierto.

Me arrastro hasta la ducha, la ducha es como la música, amansa a las fieras. La tibia caricia me acaricia. El líquido lascivo me transporta. No me amansa, al contrario, me embravece.

¡Ya! Cierro el grifo, ya no tengo más tiempo, ya no tengo más paciencia, ya no tengo. No, no tengo.

Desayuno.

Café solo. Solo café. Solo desayuno. Desayuno solo.

Es una ventaja que ciertos adjetivos ya no sea obligado acentuarlos, eso ayuda a la absurda ambigüedad de la estupidez. De sólo a solo. De oca a oca. Solo porque me toca. Siento algo extraño en mi juego de la oca, en mi loca cabeza loca. Toda lágrima es poca. Mi mundo se hunde por encima de mi línea de flotación.

Recuerdo que ayer me bebí la vida y me comí al cielo. Me indigesté.

Recuerdo que la Luna era el sueño porque estaba lejos, recuerdo que pronto me quedé solo aunque todos me brindaron su apoyo. Recuerdo…, o a lo mejor no son recuerdos, solo sueños, o recuerdos que soñé que recordaba… solo. No lo sé. Ya nada sé. Ya nada soy. Solo nada.

Lo cierto es que sé que hoy siento mariposas en el estómago, otra vez. Me tiemblan las piernas, me galopa deprisa el corazón. Respiro con dificultad y debo inspirar muy hondo, muy largo, muy lento y muy dentro para no ahogarme. El pecho me oprime hasta dolerme la espalda, tiemblan mis manos con demasiada asiduidad y me tiembla el tiempo y me titila -como diría el poeta- el alma.

Voy a la cocina, abro la caja de Pandora, el cajón de los cuchillos.

Salgo.

No soporto la soledad de la cocina solitaria ni la angustia de estos sentimientos que sin permiso me invaden. ¿Quién les manda sentir sin mi consentimiento ni asentimiento?

Y el corazón palpita a morir, se acelera la respiración aunque no por ello el aire entra en mis pulmones y la sangre se agolpa y, se diluye y, se viene y, se va, marea incansable, incesante, impenitente marea que me marea y… me seduce de dulce amargura.

Salgo a la escalera indispuesto para matar el día. En el rellano está mi vecina. El viento ha debido traerla. No es guapa pero hoy está…, hoy en el ascensor la veo…, diferente. Será la primavera que  me altera en lo más frío del otoño.

Le cuento en menos de dos pisos lo que me pasa, lo del estómago, lo del corazón, lo de los pulmones, lo de las piernas…, la convierto en doctora paciente, en siquiatra oyente. Le explico uno a uno y con detalle todos mis síntomas.

Ella, con intuición femenina, sicoanaliza la dolencia.

— ¡Uy madre! Eso va a ser amor, tú te estás enamorando.

Antes de llegar al garaje nos besamos con desenfreno. Pulso el botón de parada y pulso el resorte que desabrocha su sujetador, pulso todo su cuerpo y lo compulso en un impulso.

Jamás le diré que no, que no era amor, que se equivocó en el diagnóstico. Jamás le diré a mi precipitada doctora que se equivocó de mandamiento, que era en torno al quinto y no cercano al sexto el pecado que yo necesitaba cometer.

Escondí a tiempo el cuchillo en un polvoriento recoveco del viejo elevador. Jamás confesaré a nadie, y menos a ella, que aquel día me desperté transformado en criminal, que amanecí con ganas de matar a alguien y que a ello me dirigía cuando ella lo impidió con once palabras, mil caricias y un orgasmo.

No creo que nos amemos, no, no lo creo, o tal vez sí. No obstante sobrevivimos juntos y nos reímos si el viento nos acerca los cuchicheos de los vecinos cuando dicen que nos oyen cruzar muchas veces el rellano. Trajín lo llaman esos cotillas de pacotilla, ¡qué sabrán ellos de trajinar! El cuchillo sigue oculto entre el polvo del recoveco en el ascensor. Los dedos siguen haciendo surcos en la piel arrancando placenteros suspiros.

Y la sangre, la sangre está dentro de los cuerpos que al fin y al cabo es donde debe estar. Todo debe de estar en su sitio, me gusta el orden, yo siempre he sido muy ordenado.

El rellano huele a limpio. Mi sicóloga está terminando de encender las estrellas con su diagnóstico equivocado, pronto su medicina infalible me curará bajo la luna. El viento, ahora que ha pasado la tormenta, atraviesa el cristal de la ventana para abrazarme y barrer mis miserias.

Esta noche, a la sombra del candor de sus ojos, en el filo de seda de sus sábanas, le confesaré  con mis más almibarados susurros que por ella bebo los vientos.

 

 

En el final de los días

 

Lo supiste muy pronto, desde siempre ame a las tempestades, he sembrado melancolías y he tendido a suicidarme sin excusas.

        Desde siempre he estampado mi nariz en el gélido cristal de una ventana, anhelando veranos mientras mi voz estentórea entonaba canciones de invierno, he regado jardines ajenos con lágrimas propias y he caminado desiertos descalzo de cantimploras.

      Desde siempre mis labios han errado sin reposo, he conducido barcos de cristal contra los arrecifes y he patinado sin red por las nieves más cercanas al abismo.

         Desde siempre he tenido sed de champagne y me he quemado al sur de tu cintura, he diseñado ciudades azules e implorado robustas columnas que las salvaguardaran como piernas particulares sin ambages en jardines públicos.

       Desde siempre he sido un vetusto molino junto a un río turbio que recordaba aromas de higueras soñadas, he admirado a la luna envidiosa y he envidiado a las estrellas admiradas.

        Y es que eran otros tiempos, lágrimas de impaciencia y urgencia de hondos fracasos hasta que un día, a medía tarde, llegaste tú, mi vida, a mi vida. Y aceptaste ser la reina de un territorio baldío y de un rey baldo que abdicó por un día.

    Subimos la empinada escalera poblada de arañas negras en todos los rincones, trepamos luchando por ganar cada peldaño y conquistar cada rellano. No sabíamos dónde nos conducía el camino pero intuíamos que con cada paso se construía, sabíamos que juntos lo conseguiríamos.

     Inventamos una bandera con violines y sin cañones, la diseñamos con nubes y sin palacios e izándola todos los días nos hicimos alquimistas de nuestros destinos y cambiamos hierros por diamantes. Si la luz se apagaba en mitad de un tramo encendíamos con amor una lámpara de plata que nos ayudara a avanzar hasta el siguiente interruptor.

      Y así fuimos llenando de vida nuestros días y de sonrisas nuestras penurias, contando los pasos hasta llegar al final de la escalera y el principio del precipicio. Los años nos cayeron despacio, surcados de cicatrices nuestros cuerpos y de recuerdos los cerebros, algunos lugares marcaron nuestros días y algunos días marcaron nuestras almas.

    Ahora, oculto en mi trinchera trago saliva y cuando recuerdo me acuerdo de tu sonrisa, de tu infinita paciencia, de las veces que saltamos los muros con los pies descalzos, de profundos lagos de agua gélida que atravesamos desnudos, de rayos que esquivamos sin que nos causaran heridas sus tormentas…

            Cuando recuerdo miro hacia atrás y me acuerdo de besos de tus labios; de miradas de tus ojos; de abrazos de tus brazos; de un nombre escrito en la pared, el tuyo que es el mío y de la certeza de que solo tu recuerdo perdura en el final de mis días.

 

Ángel de amapola blanca

AMAPOLA BLANCA

 

Dos veces ha ido el cántaro a la fuente

resquebrajado, hecho pedazos

y así ha regresado,

el agua cristalina no pudo repararlo.

 

Hoy el instinto anhela ese néctar

y recuerda añejos manantiales

ya lejanos, ya perdidos;

otras gotas frescas y sabrosas olvidadas,

amapolas blancas ya marchitas.

 

Otros momentos hubo por compartir,

se evaporaron,

la sed no pudo,

o no quiso,

o no se atrevió.

No tuvo su alma un alma rebelde

ni un corazón suficiente.

 

Y ahora, sucedido lo inevitable,

añorando lo no acontecido,

muerto de sed el aliento,

ánfora rota en añicos, desaparecida,

llega la fuente a la cita

y en un ocaso de barro

a los dos les resulta imposible beber.

 

A través de la penúltima lágrima

nos vemos un segundo,

tú, mi amapola, mi redoma,… sonríes,

yo, tu sed,… te lloro y te evoco y te invoco,

te necesito,

te quiero.

 

Roto ya, destrozado, enterrado,

ausente para siempre

el cántaro que me regaló

el agua de la vida.

 

 

Pétalos (de crisantemos)

 

 

Mueren las estrellas sin derramar una sola lágrima.

Llueve sangre mojando tierra que pisamos haciendo lodos.

Azota el viento con rabia aliviándonos pútridos hedores.

Duele el silencio compartido, olvidado el himno de riego.

Nombres perdidos pero no olvidados en este infierno.

Pétalos sin rosas y con espinas.

Sin abrazos cálidos las despedidas.

¿Dónde puedo comprar pétalos de crisantemos marchitos?

En este país de óxido de balas, vacío de flores.

En esta tierra ahíta de tumbas con olor a muertos.

Marchitos crisantemos arrastrados por el miedo y el olvido.

Sonidos callados en las hojas de los libros.