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Cada cumpleaños es irreversible

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Anclado en la memoria está el calendario y varado en el alma está el recuerdo. Si la vida es fugaz, cada cumpleaños es irreversible, si en nuestras copas al brindar se oculta un abismo encubierto alzaremos el destino envuelto con burbujas que acaricien nuestro paladar en blanco y negro.

            Ya no hay luz para escuchar nada y sin embargo todo está cada vez más claro. Si no cumplí con el guión pactado y te lastimaron mis torpezas, con las cenizas de la primavera construiremos otro verano. Como hiciste tú que construiste piedra a piedra con manos modestas unas nuevas vidas.

            Hace poco tus ojos vinieron a mí por sorpresa. Ya sé que tú lo sabes pero quiero contártelo. Era un recital de poesía, una reunión informal y familiar, denominaciones que adquirió debido a la poca afluencia de público. La poetisa advirtió que en el texto que iba a recitar había alguna palabra complicada y explicó, entre otras, el significado de la palabra zarco. Ya imaginarás lo primero que vino a mi mente y comprenderás el sarcasmo de mi sonrisa.

            Aquella tarde como todos mis días he dedicado mis esfuerzos e ilusiones a intentar merecerte siquiera un poco. Escribir es locura que distrae rasguños y mientras busco versos que evoquen imágenes de los días en que cruzábamos sin remos los puentes del amor, me reflejo en el estanque, glauco en esta ocasión, no zarco. Nos reflejamos todos, presentes y ausentes, en esas aguas de palabras hondas, en esas ondas concéntricas que se abren en preludio de otros  tiempos.

            Repito tu nombre hoy y siempre, alzo el cristal de la nostalgia como cada final de junio, brindo en silencio y en mi pecho percibo el aroma de la higuera y el ruido de las aguas bravas de la acequia y tu sonrisa silenciosa, bonachona y feliz.

            Bebo los suspiros al sur del firmamento. En la cocina el ruido de la cafetera anuncia tu presencia, ¡qué dulce paradoja el aroma del café en las oquedades del vértigo! ¡Qué metáfora de plata en tus párpados entonando argumentos con antífonas solemnes! ¡Qué ironía del destino embriagarme a solas frente a las estrellas y que me abracen tus alas para dormirme al calor del pecho de un  ángel del cielo!

            Y mañana será otro día de otro mes y seguirás ahí, ondeando la bandera argéntea y zarca, engendrando ternura con el roce de tus labios.

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Los dados del destino

 

Despierto y me levanto.

¿O era al revés? Me levanto y al rato me despierto. O no.

Otro día que llenar de versos, otro más ausente de besos, volveré a tropezar, a caer y a rodar. Lo sé. Sé que lo sé. Es mi destino y los dados no pueden cambiarlo.

Me cobijo de la libertad de la luna en un enjambre de sueños muertos de hambre, vivos de sed. Rayos de luna que tiran a matar o a morir.

Tiro los dados, caen en la profunda confusión de la agonía. Impar, caminaré hacia mi siniestra.

Da igual el camino, es indiferente el ritmo de mi cansino caminar, sé que me estrellaré contra la primera estrella que se me cruce. No la veré porque solo tengo ojos para ti, no la oiré porque solo tengo oídos para ti. Cuando el choque sea inminente yo navegaré hipnotizado por tu culo, no puedo ni quiero evitar admirarlo cuando te vas sin decir, pero diciendo que ya no volverás. Mi destino es verte marchar.

Todo sale según lo previsto, y todo entra al revés desprovisto de remiendos. Lamo heridas ajenas y dejo sangrar las mías añejas. Muerdo a la mano que me da de comer y le grito que lo que quiero, lo que necesito, lo que ansío, es beber para aplacar mi desierto.

Y tiro los dados que al caer dejan aroma de flores secas, crisantemos en tu pelo, tulipanes en tu piel, espinas en mi alma. Par, sonreiré hacia la diestra y de bruces comeré todos tus anzuelos ansioso de tragarme el cebo de los gusanos.

Valiente marinero de plomo estoy hecho, por la boca muero remolcando mi barco de papel contra toda corriente que me encuentro, contra toda corriente que me encuentre.

Tiro los dados, dos dados cuyos dígitos suman trece, dados de siete caras con espejos en las aristas, con cristales rotos en los vértices de sus vórtices, dados que no caen, el viento se los lleva, los arrastra y confuso me deja sin saber qué camino debo seguir. ¿Dónde está mi destino, dados traidores? ¿Dónde está el contenedor incapaz de contenerme?

Te seguiré a ti aunque me trague la oscuridad de la noche más perdida, buscaré el rastro de tu culo, me conformaré con verte y guardarte la espalda y recoger tus dados tramposos cuando el viento los lleve y caigan en el lodo del fracaso en el que hace un montón de sueños encontré los míos buscando la sangre de un recuerdo.

El poder de la palabra

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Primer premio del II Certamen de Relato Corto ATENEA 2018. Ayuntamiento de Armilla, Granada.

Que el tren circule hacia atrás en mares de palabras; que el tiempo camine a favor y no corra en contra en todos los recónditos rincones de anónimas existencias; que el momento crucial regrese para quedarse y nos regale opciones de cambiar el futuro y de convertir en dulces sueños los lodos oscuros. Que seamos capaces de postergar el presente hasta vestir nueva armadura y sin escaramuzas, logremos hacer perfecto el imperfecto pasado.

Una mañana, fiel reflejo de otra mañana; idéntico calco de las mañanas de todas las mañanas. Temprano se enfrenta al espejo, temprano y sin palabras emprende camino. Quijote sin Rocinante, cabalga a lomos de un vagón herrumbroso, triste y gris. Viaja con tiempo, siempre con amplio margen para no llegar tarde a la obligada cita con su labor en su gigantesco molino. Llega pronto siempre, es puntual.

Sale del vagón del metro, siempre del mismo. Se sienta en el primer banco que es el más cercano a la puerta, siempre el mismo. Se pone la chaqueta como disponiéndose a salir a la calle y comenzar la batalla, pero todavía no inicia su camino, permanece sentado. Abre de nuevo el libro, nunca el mismo, siempre uno distinto, e invierte el tiempo que le resta en leer, sin prestar atención al resto del mundo, sin atender a nada que no sean las aventuras de esas páginas. Embebido en el texto, embrujado por el poder de las palabras. Dispuesto a salvar a la princesa, a derrotar al dragón, a resucitar gigantes, a domar brujas malvadas y seducir bellas damiselas.

Pocas frases más tarde llega ella, él no la mira; no se miran, no se ven. La dama se sienta a su lado y abre su propio libro. Están tan cerca que oyen el sonido del papel ajeno al pasar las páginas, tan cerca que percibe el uno la respiración del otro, tan cerca que podrían participar en las aventuras de los personajes de la obra del vecino. Se convierten en una yuxtaposición de palabras, un conjunto compartido de vecindad y figuras retóricas. No obstante no se hablan, ni se miran. No se oyen, ni se ven.

Leen juntos pero por separado. Leen en silencio y en acompañada soledad y, en acompasado ensimismamiento, asisten al apresurado caminar de la estulticia cruel de la rutina. La evasión fugaz se sirve cruda en los andenes.

A las nueve y media en punto, ella, como por descuido, mira el reloj. Cierra el libro, lo guarda en el bolso, cobija las aventuras en su corazón, se levanta con el sabor de la tinta en sus párpados y se dirige a la salida más cercana tratando de percibir en nuevo enfoque, la luz artificial  y la realidad de su día.

Pasados unos segundos de las nueve y media, como por descuido, él levanta la vista de su libro y la mira. Acompaña con sus ojos su caminar. Ella no se vuelve aunque se sabe observada y desaparece doblando la esquina. Él guarda ese movimiento lento y atractivo y dulce y sensual de sus caderas en su retina. Guarda el libro, ahora sí comienza la marcha, da rápidas zancadas con la presunta intención de observarla. La sigue durante unos breves instantes, solo aprecia su espalda, parece que va a alcanzarla pero sus caminos son distintos, no son libres, no pueden elegir rumbo, sus itinerarios están establecidos y de ese modo sus destinos tienden a divergir.

Al día siguiente, mañana, pasado mañana y al otro, son protagonistas y espectadores de la misma escena. La misma coreografía de lunes a sábado. Los domingos cae el viejo telón para no abrirse, en el día de descanso semanal se recuerdan y se añoran. Compañeros silenciosos y desconocidos de banco y de lectura. Al cabo de un tiempo inmersos en esa rutina, no son capaces de describirse el uno al otro, prosopografía imposible a pesar de su cercanía. Reconocen su perfume, sus gustos literarios, su ritmo de lectura, y sin embargo…, ¿de qué color tiene los ojos? ¿Cómo es la forma de su rostro? ¿Son límpidas sus mejillas? Él podría dibujar el dorso de ella, y describir su atractivo caminar, su ropa elegante y desenfada a la par, y…, nada más. Ignora su nombre y el tono de su voz. Se conocen y se desconocen, se adoran y se ignoran.

Y así navegan los días por los mares de la vida y aparece en el horizonte uno rebelde en que la marea traidora cambia el escenario y las olas son engullidas por la arena.

Desembarca ella en la estación que casualmente lleva el nombre de un poeta. No está él, no ha llegado, el banco permanece solitario y vacío, como todos los demás bancos solitarios y vacíos de la estación. ¡Qué extraño!

<<Se habrá retrasado, quizá se ha quedado dormido, esperaré, seguro que no tarda en aparecer>>.

No se concentra en la novela, no sabe ni comprende lo que lee, alza la vista cada vez que arriba un tren, no obstante él no aparece en el andén ni ocupa su lugar en el banco y el convoy se marcha burlándose de ella con metálica ironía.

A las nueve y media en punto, como siempre, mira el reloj. << ¿Qué le habrá pasado? ¡Qué extraño, él es siempre tan puntual!>> Decide aguardar un poco más, y poco más tarde decide aguardar un poco más todavía. Va desmigajando los minutos con inefable intriga, llegará tarde a trabajar, ella que nunca se retrasa, no se puede marchar con la incertidumbre, ¡qué desasosiego durante toda la jornada!

Sí, sí puede irse sin respuestas, los tentáculos de la obligación aspiran su cuerpo y absorben su presencia, se levanta contrariada, guarda el libro que esta mañana no ha leído y se marcha despacio. Se ha retrasado demasiado y su compañero sigue sin llegar. Su caminar no es gracioso hoy, ni dulce, cada tres pasos se vuelve a mirar atrás con la esperanza renovada. Se marcha con la incertidumbre nimbando sus pasos. Solo y vacío queda el banco entre luces artificiales, ruidos chirriantes y urgencias de apresurados viajeros. Sola y vacía abandona el lumpen y se encamina a su tarea.

Al día siguiente se levanta todavía más temprano. Siente necesidad de llegar a esa estación, a su banco del  andén. Siente la imperiosa necesidad de compartir lectura con su anónimo compañero. Por fin lee el nombre del poeta anunciando que ya ha llegado a su estación de destino. Sale del vagón con prisa y su desilusión desmaquilla su rostro al ver de nuevo vacío el espacio que soñó ocupado.

<<Es temprano, demasiado pronto, he llegado mucho antes de lo habitual, no tardará en llegar>>, piensa mientras toma el libro y ocupa su asiento.

Pasa las páginas sin concentrarse en la narración, las palabras han perdido su poder embaucador, son tan solo caracteres oscuros en papel blanco que no consiguen tamizar su angustia. Vuelve varias páginas atrás una y otra vez tratando de coger el hilo, alza la vista cada vez que el eco de unos pasos le advierte de la presencia de viajeros. Observa con impaciencia y tristeza la llegada de muchos trenes, el estrés de muchos pasajeros.

Y no aparece ese al que ella aguarda.

A las nueve y media en punto mira su reloj por decimonona vez, <<¡qué extraño!>>, piensa mientras sin pensarlo decide esperar.

Y espera, y espera, y desespera. Tiene el corazón hinchado de angustia y la cabeza repleta de misterios desordenados.

Llega a la oficina más tarde que el día anterior y más pronto que mañana. Llega cada día más tarde al trabajo, más ojerosa, más cansada. Le advierten en la empresa sin frases melifluas de que su comportamiento puede ser motivo de sanción.

No le preocupa, su aflicción es otra.

<<Es una situación pasajera, seguro que está de vacaciones, eso es, ha tenido unos días de vacaciones y pronto todo volverá a la normalidad>>.

No, no está de vacaciones o estas no se terminan nunca. Apenas duerme, casi no come, lee poco y sin comprender ni asimilar lo leído. En las semanas siguientes recibe varías sanciones en la empresa, algunas faltas graves. Una más, un ligero descuido, un nuevo error y será despedida.

Y un mal día entre los malos días que persistentes la acompañan, sucede lo inevitable. La carta de despido. Al principio no le da importancia:

<<Mejor así, de este modo tendré más tiempo para esperarle>>.

En las primeras semanas de su nueva situación de parada no le preocupa el desempleo, recorta sus necesidades a lo más básico y elemental, aprende a caminar tambaleándose en los umbrales de la pobreza. Permanece todo el tiempo sentada en el banco del andén, escrutando trenes, viajeros, llegadas y partidas. A la hora de abrir la estación al público ya aguarda en la puerta y a la hora de cerrar sale despacio arrastrando la triste alegoría de un nuevo fracaso.

Un mes más tarde se niega a abandonar la estación. Quiere a toda costa permanecer allí en eterna vigilia en espera perenne. Entonces los empleados se ven obligados a expulsarla sin contemplaciones, hay que deshacerse de “La Loca”. En esa época ya no duerme, sueña despierta el regreso del amado; come poco y mal; no se asea; no cambia el libro que siempre es el mismo al igual que su ropa. Envejece a cada página, a cada segundo, a cada letra, a pasos agigantados. Deambula por el frágil alambre de la demencia.

Protagoniza una paradoja cuando pierde toda esperanza y también la ilusión y como último refugio se oculta en el alcohol.

Estando ebria escribe en primera persona escenas violentas con pasajeros que ocupan su banco sin permiso. Uno de los altercados resulta tan grave que la lleva frente al juez, y este firma una sentencia que la condena al siquiátrico.

Está desolada. No por ser conducida a un sitio que no conoce, sino por no poder aguardar a su amado lector en el lugar habitual de sus citas.

Junto a otros tres enfermos hace el viaje. Ella no cesa de mirar al exterior por la ventanilla del furgón sin dejar de parlotear, en el idioma de los dementes, réplicas, insultos y groserías. El día es espléndido, radiante, mas no es esa belleza la que busca su mirada. Llevaba meses sin contemplar la luz del sol, sus ojos se dañan con los rayos y el calor lacera su cerebro, exégeta de un paisaje hostil en el que subyace un túnel sucio y oscuro. Se diría que el sol tiene la capacidad de robarle el alma.

Entra, sin eufemismos, en el manicomio, que en realidad no es muy diferente de una estación de metro. Luz artificial, viajeros que deambulaban sin sentido de un sitio a otro con rumbo ambiguo. Busca un banco libre para sentarse a derramar sus lágrimas y leer su único y vetusto libro de ajadas páginas amarillas.

Es entonces cuando lo ve. Sentado, leyendo. Su uniforme azul celeste no puede engañarla. Es él. Seguro. Qué feliz serendipia, buscando un poyete para sentarse ha hallado una isla en medio del océano. Un oasis que la rescata de su espejismo.

Corre hacia aquel hombre cuyos ojos ensimismados devoran palabras y se planta a su lado con una sonrisa radiante dibujada en su rostro.

—Hola —le dice escueta hablándole por primera vez para poco después incrementando la sonrisa añadir— por fin te he encontrado.

Él abandona despacio la lectura y busca los ojos de quien le habla tratando de separar ficción de realidad, locura de lucidez.

Por primera vez se ven. Como siempre se reconocen.

—Has tardado mucho en venir —afirma para enseguida preguntar—, ¿qué te ha pasado, has estado de vacaciones? Llevo siglos aquí sentado, esperándote.

— No importa, ya estoy aquí y ya nada podrá separarnos.

Se besan con ternura, con todo su amor, con todas sus palabras. Se sientan el uno junto al otro, el otro al lado del uno y construyen párrafos enteros de cariño. Abren el libro de la insania, el de la vida, el del candor y en él se sumergen todos los días creando aventuras inciertas e irreales y manifestando sin cesar su categórico deseo de ser dejados en paz por los que están encerrados en su sano juicio, por los cuerdos que los pretenden rodear con sus ásperas cuerdas.

Construyen caricias de papel, ríos de tinta fluyen por sus venas, sus años solo pueden contarse por primaveras, el corazón dicta las frases que sus labios vindican y comparten.

Siempre cogidos de la mano, nunca se separan, jamás nada ni nadie consiguió apartarlos. Sin trenes ni andenes viven ya, sin tiempo al que vencer en carreras de ciega obediencia, sin lodos oscuros, sin inciertos futuros ni imperfectos pasados.

Aquellos a quien el poder de la palabra ha unido en su sabia locura, no los separe nadie, ni hombre ni Dios. Aquellos que la libertad, los sueños y el amor han alcanzado, enamorados, disparatados y libres vivan por siempre en su ínsula.

 

 

 

Manos arriba

 

Manos arriba.

Del grupo turolense

AZERO

 

 

Acerando, atezando o acezando.

Adrezando tras la penúltima caída. De lo que se siembra se recoge y tú te recoges a ti mismo, la última caída es el punto de partida y el de recogida. Qué fácil es desesperar cuando te has propuesto encontrar el bálsamo universal. Alquimista bajo el aguacero que en el juego de la vida has perdido la partida, no encuentras lo que buscas, no buscas lo que encuentras, no buscas lo que pierdes, ni lo encuentras ni lo quieres. Subes cuando todos bajan, bajas cuando otros se rebajan, rebajas las manos cuando gritan que las pongas arriba. Y te disparan balas negras.

Llueve aceite hirviendo, sin ninguna intención de escampar, el día del sepelio quemando los crisantemos. Finges odiar sabiendo que jamás dejarás de amar, ni mil veces muerto.

Acedando, alcorzando o acibarando.

Aclocando la mirada en el infinito oscuro de las noches perdidas, estrellas desgastadas de soñarlas en desvelados suspiros, ¡ríndete, quédate dentro de tu anónimo agujero!, asesina a la resaca y entierra la ilusión gastada. El ascensor está averiado, las escaleras clausuradas, los labios que anhelas viven en el último piso del más elevado rascacielos y tú en el garaje dando tumbos sin posibilidad de subir, con imposibilidad de salir. Te sueñas Aracne, fabricas hilos de seda y tejes escalas, no te vas a rendir. Bajas los brazos cuando te gritan manos arriba. Y te duelen las heridas que te causan los disparos.

Sopla el viento esparciendo basura hedionda, sin ninguna voluntad de finar el temporal, el día del olvido arrastrando pétalos podridos. Intentas olvidarla sabiendo que aparecerá aunque sea en sueños, en pesadillas. Cuanto menos la invocas más te provoca.

No dejes que los demás te organicen el poco tiempo que te queda, los años duelen cuando pasan y aunque te duela no volverán a pasar. El día a día de todos los días te revienta las rodillas, y rotas vuelven a empezar en un reflejo tu cruzada particular.

Te harás el sordo cuando te vuelvan a chillar un segundo antes de disparar… ¡manos arriba! La bala blanca volverá a atravesar tu alma partida.

Amor de calavera

 

Un relato de urgencia. Amor de calavera. Canción de Los Pantoja, que no hacen flamenco, hacen puro rock and roll. Lo más literario que se me ocurre con una calavera como protagonista es Hamlet, No es lo mismo una calavera (huesos de la cabeza despojados de carne y piel) que un calavera (persona disipada y juerguista).

Amor letal, amor de carnaval, amor de calavera.

 

 

Una mano trémula desliza la cortina otra vez. Dar palos de ciego y buscar un reflejo que no encuentro paseando entre los charcos turbios de las calles más peligrosas de Madrid.
Siempre dijiste, o pensaste sin decir que yo era un calavera. Otra mirada y me encalabrinaste en esa idea disoluta y sembraste en mí la duda más que razonable.
¿Soy o no soy?, esa es la cuestión. ¿Soy un puñado de huesos sin carne ni piel, ni tacto ni sentimiento? ¿Soy un degenerado crapuloso que se disfraza de esqueleto en tu fiesta de cumpleaños para soplar las velas de una tarta amarga antes de que ardan los años?
Estoy en mi castillo de papel, escena primera del tercer acto, es noche cerrada, es miedo oscuro, la víctima se acerca a mis manos vacías anhelando una puñalada traicionera. Pero, ¿quién es la víctima? ¿Soy yo?, ¿eres tú? ¿Quién escribe el cuento y quién es el personaje y hasta dónde es cierto lo que cuentan las estrofas de esta canción que ni es tuya ni mía?
Paso por un cementerio, escena primera del quinto acto. Mi alma que hacía tiempo estaba enferma ha muerto, sepultada aquí se encuentra y ya ni reírme a mandíbula batiente puedo de mi propia desgracia.
¿Soy o no soy?, o quizá es solo un disfraz esa pena que visto, tal vez la sardina siga viviendo y coleando, quizá esto sea un simple carnaval disfrazado de sepelio. Otra absurda mentira burda de burdel.
La cortina ya no puede ocultar con su purpurina mis demacradas facciones, sus sedas no pueden vituperar mis letales ficciones. Ya solo puedo hablar de ayer, el futuro no existe y mis dudas persisten. Y ¿qué es más noble, huir una vez más o echarle huevos esta vez? ¿Morir, dormir, no despertar y poder sepultar el dolor del corazón en un sueño? La conciencia vuelve cobardes a los valientes y convierte en estorbos a sus armas y así, se diluyen sus hierros, se difuminan en simples calaveras blanquecinas azotadas por su opresor, acosadas por la hiel del huido amor. Resuena en mis tímpanos aquella jota: Me dicen el calavera porque al tercio me marché; no me fui por calavera, me fui por una mujer.
La cortina ya no quiere ocultar más derrotas, ángel caído, abatido, gorrión de alas rotas. Ya ni puedo recordar el ayer, el pasado no existe y mis deudas resisten. Y ¿qué es más noble, ser cadáver o enterrador? ¿Dormir, soñar, despertar y sepultar los sueños en el cajón de las frustraciones y disfrazar al corazón de pirata tuerto al asalto de una oficina desierta? La inconsciencia vuelve perversos a los perdedores y convierte en armas sus yerros, su desesperación y, así se tornan calaveras, desaparecen sus estigmas y en alcohol disuelven sus penas y sanan cicatrices con los gusanos del panteón.
Corre aunque estés muerto, las palabras te pisan los talones.

Más de ocho vidas

Su mano trémula desliza la cortina, las rendijas de la persiana permiten que habite luz en el reducido mundo de su habitación. Aparta las telarañas del espejo, quita el polvo que difumina la realidad y el reflejo dibuja contornos una vez más.
Y no es lo mismo, no es igual, no es el perfil que vive en su recuerdo, algo ha cambiado, todo ha cambiado.
El cascabel tintinea, suena a latidos bombeando alcohol, debe ser ya la hora de buscar un infierno sin primavera y encontrarlo. Debe ser tiempo de hacerse preguntas y mirar hacia el interior y escribir otro cuento que parezca que habla de ti y que cada letra sea la anestesia perfecta para todas las vísceras. Abre los ojos para dejar de ver la sombra, tira la piedra y el cristal no se rompe, ni se inmuta.
Se mira con asombro y no se reconoce, alarga el brazo hasta que sus dedos rozan el cristal y se arruga su piel y se oye el eco de los pasos que perduran en el pasillo de la memoria con más nitidez que las imágenes y los aromas.
El espejo no guarda sonidos ni olores, ni siquiera la imagen es correcta sino inversa y los besos se le salen del alma a borbotones y chorrean versos los cristales húmedos a punto de estallar en infinitos pedazos. Versos y besos que tiene más heridas que su vida y más vidas que los gatos que con siete no tienen suficiente. Como esa espalda sin memoria que con nada se conforma, que con nadie se conforta.
El dolor sorprende a la sorpresa en el momento más inoportuno, en lo más alto y resbaladizo del tejado. Puede cerrar los ojos y saltar, puede abrir el pecho y temblar, puede apretar con rabia los puños y dar la vuelta y volver sobre las huellas de sus pies. Puede sellar sus labios y despedirse, decir adiós a mucha gente que quizá no vuelva a ver, no en esta vida, no en este aeropuerto, no en este desierto, no en esta estación desierta.
Sucederá el futuro y en él un bálsamo que cicatrice heridas, que despida maldiciones, que reanude por octava vez las cenizas de una existencia reanudada y quemada y revivida. Y la botella vacía cae del tejado y rompen las olas inundando de sed al ciclón de la noche y a sus afiladas rocas.
Los demonios vuelven a deslizar la cortina en sentido inverso, la persiana miente una vez más enturbiando a la turbia realidad, el espejo vuelve a oscurecer de soledad y a reducir el reducido tamaño de la habitación. Al fondo se oye una canción, susurra vidas, parece que habla de ti, murmura eternas despedidas en tejados sin violinista, trata de sentimientos confusos en sedientos desiertos. Habla de gatos sin alma con más de ocho vidas que beben tu sangre cuando tienen sed.
Felinos taimados juegan armados con cascabeles y retumban acompasados latidos, sesenta arcanos lamentos por minuto como si tuvieran prisionero en su hueco metal frío a algún jodido corazón tan grande que no puede escapar por la ínfima ranura de sus rejas.

Más alto que nosotros solo el cielo

 

Demasiado pronto se nos hizo tarde.

Cayó el telón apenas comenzado el primer acto y ya es tarde ahora que he cambiado por canas mi pelo negro y por calmas mis tempestades. Ahora que he cambiado el espejo del cristal de mis gafas de sol por la lupa de la presbicia miro al cielo y lo veo más zarco, más alto y no obstante tan cerca que si cierro los ojos escuchando esta canción puedo tocarlo.

Puedo cerrar mis brazos en torno a mi pecho y verte sonreír, puedo abrazar tu frágil cuerpo una vez más, solo una, y al abrirlos  y soltarme sin desabrazarte trato de perseguir lo que nos difumina el infinito a la vuelta de la esquina.

Camino despacio hacia lo desconocido y quizá descubra esos misterios que preferirían ignorar aquellos que siempre fueron ignorantes. Ignorantes de ti y de mí y de él y de ti y de ella y de ti y de nosotros y de ti…

Algunos aromas dulces y buenos desaparecen para no volver nunca, tú lo sabes mejor que nadie, pero siempre por encima de nuestras cabezas está el cielo con sus nubes, por dentro del corazón está el cariño y a flor de piel hierven en carne viva nuestros sentimientos vivos en rescoldos hambrientos.

Ha empezado el final de la lluvia, ha empezado a corromperse el suspiro de la niebla y el frío se nos queda en la altura, tan elevado que allí no llega el efímero sueño de sus nieves. Desde arriba me miras y más alto aún que tu mirada está el cielo y la caricia tibia de tu tacto me la acerca el viento de tu boca al soplar ochenta y tres velas.

Si cierras los ojos hoy que es tu cumpleaños y te dejas llevar por el almibarado calor de esta canción podrás cantar y bailar, me podrás secar las lágrimas con tus labios y conseguirán tocar tus dedos cansados el sueño del cielo y yo lograré acariciarlo a través de tus manos y tu silencio.

Podrás tocar el cielo hoy que ya es tarde demasiado pronto, y a veces me miento y me olvido de que tú ya no necesitas esta canción para tocarlo ni soñarlo. Tú ya estás allí, esperando con los dedos entrelazados y balanceando la mecedora como siempre hacías en la ternura de tus noches.

Mientras lloran lágrimas de sangre mis párpados cansinos escribo mis debilidades mirando a ese cielo por encima de nosotros.

Más alto que nosotros y que el cielo está tu sonrisa.