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No quiero que el sol…

 

Pinta olas para ser libre y que yo pueda flotar. Avanzaré siempre hacia dentro, hacia el horizonte, en pos de los reinos de Caronte allende los bares. Dibuja mares con espuma y sal, añade trocitos de corazón, sentimientos del alma. Pinta aguas frías que limpien de abrojos los arcanos de los días y respira la arena blanca que tímida se alza para acariciarte.

Se rizarán hacia arriba, hacia el cielo azul, las olas azules de la vida; se enzarzarán hacia abajo, hacia el cárdeno infierno las vidas ópalo de fuego de las olas. Olas y adioses, y tus trazos llenando de colores las olas de los dioses.

Desnúdate de tristezas, desabrígate de dudas, solo vístete con una flor el cabello. Flor única que de belleza lo hará bello y deja que flote al viento, déjalo inerte en el mar y que los pétalos de esa flor viajen como mensaje sin botella llevando palabras al otro lado de los océanos.

Pinta olas para que los pétalos y yo podamos navegar tu cabello, para que cada pincelada sea un solo sentido, un sentido sentimiento, un susurro de silencio. Ahora nado solo en aguas turbias, nado a mi puta bola y si vienes sola aullará el sol y despertará el viento.

De espuma arena y sal se desvestirá el mar en tu lienzo, ladrará el sol, morderá el miedo y yo varado en tu hombro espiaré tus trazos y cuando esté acabado el cuadro entraré en su marco.

Cuelga el pincel y la paleta, ven a nadar conmigo sin moneda de oro, sin ropa interior. En el interior de nuestro mar la ropa es innecesaria, es oscuro el abismo de las palabras. Los barcos hundidos volverán a reflotar para salvarnos, nos sacarán de este mundo repleto y nos harán para siempre sus náufragos. Supervivientes de sueños. Soñadores de recuerdos. Pescadores sin red. Artistas sin alambre. Cada brazada será un abrazo, cada inspiración un beso, cada expiración un latido.

No quiero que el sol me muerda. Prefiero bañarme en rayos de luna.

Acompáñame a nadar, el agua está muy fría y solo tus manos la podrán templar.

El rellano de la sicóloga

sicóloga

 

Despierto.

Ha debido rozarme el viento.

Mal momento para despertar, soñaba que todo estaba arreglado, soñaba que el cielo había oído mis oraciones, soñaba que había sucedido lo que para que suceda rezo. Soñaba. Ya no. Ahora estoy despierto. Todo ha vuelto a ser real, a ser cruel con rabia, a doler con saña. El viento no ha podido rozarme, está al otro lado de la ventana junto al frío.

¡Maldito frío, maldito despertar, maldita maldición!

Despierto.

Me arrastro hasta la ducha, la ducha es como la música, amansa a las fieras. La tibia caricia me acaricia. El líquido lascivo me transporta. No me amansa, al contrario, me embravece.

¡Ya! Cierro el grifo, ya no tengo más tiempo, ya no tengo más paciencia, ya no tengo. No, no tengo.

Desayuno.

Café solo. Solo café. Solo desayuno. Desayuno solo.

Es una ventaja que ciertos adjetivos ya no sea obligado acentuarlos, eso ayuda a la absurda ambigüedad de la estupidez. De sólo a solo. De oca a oca. Solo porque me toca. Siento algo extraño en mi juego de la oca, en mi loca cabeza loca. Toda lágrima es poca. Mi mundo se hunde por encima de mi línea de flotación.

Recuerdo que ayer me bebí la vida y me comí al cielo. Me indigesté.

Recuerdo que la Luna era el sueño porque estaba lejos, recuerdo que pronto me quedé solo aunque todos me brindaron su apoyo. Recuerdo…, o a lo mejor no son recuerdos, solo sueños, o recuerdos que soñé que recordaba… solo. No lo sé. Ya nada sé. Ya nada soy. Solo nada.

Lo cierto es que sé que hoy siento mariposas en el estómago, otra vez. Me tiemblan las piernas, me galopa deprisa el corazón. Respiro con dificultad y debo inspirar muy hondo, muy largo, muy lento y muy dentro para no ahogarme. El pecho me oprime hasta dolerme la espalda, tiemblan mis manos con demasiada asiduidad y me tiembla el tiempo y me titila -como diría el poeta- el alma.

Voy a la cocina, abro la caja de Pandora, el cajón de los cuchillos.

Salgo.

No soporto la soledad de la cocina solitaria ni la angustia de estos sentimientos que sin permiso me invaden. ¿Quién les manda sentir sin mi consentimiento ni asentimiento?

Y el corazón palpita a morir, se acelera la respiración aunque no por ello el aire entra en mis pulmones y la sangre se agolpa y, se diluye y, se viene y, se va, marea incansable, incesante, impenitente marea que me marea y… me seduce de dulce amargura.

Salgo a la escalera indispuesto para matar el día. En el rellano está mi vecina. El viento ha debido traerla. No es guapa pero hoy está…, hoy en el ascensor la veo…, diferente. Será la primavera que  me altera en lo más frío del otoño.

Le cuento en menos de dos pisos lo que me pasa, lo del estómago, lo del corazón, lo de los pulmones, lo de las piernas…, la convierto en doctora paciente, en siquiatra oyente. Le explico uno a uno y con detalle todos mis síntomas.

Ella, con intuición femenina, sicoanaliza la dolencia.

— ¡Uy madre! Eso va a ser amor, tú te estás enamorando.

Antes de llegar al garaje nos besamos con desenfreno. Pulso el botón de parada y pulso el resorte que desabrocha su sujetador, pulso todo su cuerpo y lo compulso en un impulso.

Jamás le diré que no, que no era amor, que se equivocó en el diagnóstico. Jamás le diré a mi precipitada doctora que se equivocó de mandamiento, que era en torno al quinto y no cercano al sexto el pecado que yo necesitaba cometer.

Escondí a tiempo el cuchillo en un polvoriento recoveco del viejo elevador. Jamás confesaré a nadie, y menos a ella, que aquel día me desperté transformado en criminal, que amanecí con ganas de matar a alguien y que a ello me dirigía cuando ella lo impidió con once palabras, mil caricias y un orgasmo.

No creo que nos amemos, no, no lo creo, o tal vez sí. No obstante sobrevivimos juntos y nos reímos si el viento nos acerca los cuchicheos de los vecinos cuando dicen que nos oyen cruzar muchas veces el rellano. Trajín lo llaman esos cotillas de pacotilla, ¡qué sabrán ellos de trajinar! El cuchillo sigue oculto entre el polvo del recoveco en el ascensor. Los dedos siguen haciendo surcos en la piel arrancando placenteros suspiros.

Y la sangre, la sangre está dentro de los cuerpos que al fin y al cabo es donde debe estar. Todo debe de estar en su sitio, me gusta el orden, yo siempre he sido muy ordenado.

El rellano huele a limpio. Mi sicóloga está terminando de encender las estrellas con su diagnóstico equivocado, pronto su medicina infalible me curará bajo la luna. El viento, ahora que ha pasado la tormenta, atraviesa el cristal de la ventana para abrazarme y barrer mis miserias.

Esta noche, a la sombra del candor de sus ojos, en el filo de seda de sus sábanas, le confesaré  con mis más almibarados susurros que por ella bebo los vientos.

 

 

En el final de los días

 

Lo supiste muy pronto, desde siempre ame a las tempestades, he sembrado melancolías y he tendido a suicidarme sin excusas.

        Desde siempre he estampado mi nariz en el gélido cristal de una ventana, anhelando veranos mientras mi voz estentórea entonaba canciones de invierno, he regado jardines ajenos con lágrimas propias y he caminado desiertos descalzo de cantimploras.

      Desde siempre mis labios han errado sin reposo, he conducido barcos de cristal contra los arrecifes y he patinado sin red por las nieves más cercanas al abismo.

         Desde siempre he tenido sed de champagne y me he quemado al sur de tu cintura, he diseñado ciudades azules e implorado robustas columnas que las salvaguardaran como piernas particulares sin ambages en jardines públicos.

       Desde siempre he sido un vetusto molino junto a un río turbio que recordaba aromas de higueras soñadas, he admirado a la luna envidiosa y he envidiado a las estrellas admiradas.

        Y es que eran otros tiempos, lágrimas de impaciencia y urgencia de hondos fracasos hasta que un día, a medía tarde, llegaste tú, mi vida, a mi vida. Y aceptaste ser la reina de un territorio baldío y de un rey baldo que abdicó por un día.

    Subimos la empinada escalera poblada de arañas negras en todos los rincones, trepamos luchando por ganar cada peldaño y conquistar cada rellano. No sabíamos dónde nos conducía el camino pero intuíamos que con cada paso se construía, sabíamos que juntos lo conseguiríamos.

     Inventamos una bandera con violines y sin cañones, la diseñamos con nubes y sin palacios e izándola todos los días nos hicimos alquimistas de nuestros destinos y cambiamos hierros por diamantes. Si la luz se apagaba en mitad de un tramo encendíamos con amor una lámpara de plata que nos ayudara a avanzar hasta el siguiente interruptor.

      Y así fuimos llenando de vida nuestros días y de sonrisas nuestras penurias, contando los pasos hasta llegar al final de la escalera y el principio del precipicio. Los años nos cayeron despacio, surcados de cicatrices nuestros cuerpos y de recuerdos los cerebros, algunos lugares marcaron nuestros días y algunos días marcaron nuestras almas.

    Ahora, oculto en mi trinchera trago saliva y cuando recuerdo me acuerdo de tu sonrisa, de tu infinita paciencia, de las veces que saltamos los muros con los pies descalzos, de profundos lagos de agua gélida que atravesamos desnudos, de rayos que esquivamos sin que nos causaran heridas sus tormentas…

            Cuando recuerdo miro hacia atrás y me acuerdo de besos de tus labios; de miradas de tus ojos; de abrazos de tus brazos; de un nombre escrito en la pared, el tuyo que es el mío y de la certeza de que solo tu recuerdo perdura en el final de mis días.

 

Ángel de amapola blanca

AMAPOLA BLANCA

 

Dos veces ha ido el cántaro a la fuente

resquebrajado, hecho pedazos

y así ha regresado,

el agua cristalina no pudo repararlo.

 

Hoy el instinto anhela ese néctar

y recuerda añejos manantiales

ya lejanos, ya perdidos;

otras gotas frescas y sabrosas olvidadas,

amapolas blancas ya marchitas.

 

Otros momentos hubo por compartir,

se evaporaron,

la sed no pudo,

o no quiso,

o no se atrevió.

No tuvo su alma un alma rebelde

ni un corazón suficiente.

 

Y ahora, sucedido lo inevitable,

añorando lo no acontecido,

muerto de sed el aliento,

ánfora rota en añicos, desaparecida,

llega la fuente a la cita

y en un ocaso de barro

a los dos les resulta imposible beber.

 

A través de la penúltima lágrima

nos vemos un segundo,

tú, mi amapola, mi redoma,… sonríes,

yo, tu sed,… te lloro y te evoco y te invoco,

te necesito,

te quiero.

 

Roto ya, destrozado, enterrado,

ausente para siempre

el cántaro que me regaló

el agua de la vida.

 

 

Pétalos (de crisantemos)

 

 

Mueren las estrellas sin derramar una sola lágrima.

Llueve sangre mojando tierra que pisamos haciendo lodos.

Azota el viento con rabia aliviándonos pútridos hedores.

Duele el silencio compartido, olvidado el himno de riego.

Nombres perdidos pero no olvidados en este infierno.

Pétalos sin rosas y con espinas.

Sin abrazos cálidos las despedidas.

¿Dónde puedo comprar pétalos de crisantemos marchitos?

En este país de óxido de balas, vacío de flores.

En esta tierra ahíta de tumbas con olor a muertos.

Marchitos crisantemos arrastrados por el miedo y el olvido.

Sonidos callados en las hojas de los libros.

The Man in Black

 

Hace algún tiempo, extramuros de la adolescencia, me gustaba vestir de negro. Me parecía un color elegante a pesar de su apariencia sombría y gris. Hoy no nos faltan razones para vestir así.

De negro siempre lo verás, y de negro siempre Johnny Cash aunque muchos no sepan quien fue, ni quien es, ni quien será.

De negro la <<Unidad Uno>> surcando carreteras sin cesar y de negro The Man in Black. De negro por los pobres y por los vencidos, por el joven abatido y por el preso, por los que envejecen en soledad a la sombra de una pensión exigua y amenazada porque alguien se hizo rico escondido detrás de su corbata sin moverse de su sofá.

Y tú, ¿de qué color te vistes hoy? Hoy, que la injusticia reina en este reino que no necesita reyes. Hoy que la gente va a los comedores sociales porque no sabe cocinar, ¿cómo te vistes tú?, ¿qué color luces cuando vas a votar?

Supongo que consideramos que nos va muy bien así, con nuestros coches lujosos y nuestras ropas de marca y nuestros móviles y … Hoy que alguien puede permitirse el lujo de comprar un reloj por noventa mil euros cuando otro no tiene nueve para pagarse un menú del día en un restaurante barato. Hoy que tiene que haber uno pasando hambre para que el otro nade en la opulencia. Y lo peor es que entre estos y aquellos está la clase media, la clase mediocre y sin clase que calla y otorga mirando a otro lado o mirando hacia arriba ensimismados. Aspiran a conseguir el poder adquisitivo del que gasta en una joya lo que otro no ganará en toda su vida y se olvidan de mirar al de abajo, al oprimido, al jodido, al que no tiene nueve euros ni trabajo con el que poder ganarlos.

Yo voy de negro por el que no tiene para comer pero también por ese, pobre idiota, de la clase media y mediocre, eterno aspirante, o ese otro que intentará dar el salto, fracasará y caerá de bruces con sus sueños al peldaño del que no quiso mirar.

Yo tengo claro de cuál de los dos estoy más cerca y por tanto sé por qué razones debo pelear desde mi modesto puesto en el escalafón.

Él canta esta canción y viste de negro en los escenarios de la música y de la vida; Johnny Cash cantó muchas canciones llenas de pena y preocupaciones caminando por la cuerda floja; yo poco puedo hacer, tan solo escribir este re-latazo, y los tres vestiremos de negro luto hasta que la luz no brille de verdad.

¿Y tú? ¿De qué color te vistes? ¿A qué escalón aspiras? ¿Qué estás dispuesto a hacer? ¿Qué puedes hacer tú?

Mira hacia dentro y carga con tu cruz.

Yo seguiré siendo el hombre de negro por aquellas vidas que pudieron haber sido.

Soy amigo

Recuerdo que una vez, extramuros de la desmemoria, tuve un buen montón de amigos. Algunos, los buenos, los de verdad, los de corazón, esos, se me fueron. Arrebatados de la vida y de mi vida de forma precipitada, violenta e injusta. Otros, los de media verdad que al final acabó siendo media mentira, se me fueron diluyendo. Todo iba bien mientras me necesitaban, pero la tortilla describía una increíble parábola y tras triple tirabuzón y mortal carpado hacia delante incluido, cuando dejaban de necesitarme se iban difuminando para desaparecer definitivamente cuando era yo el que precisaba de su ayuda.

Otros, los de verdadera mentira, fueron en realidad los más sinceros, nunca me engañaron a mí, ni se engañaron a sí, siempre fueron meras comparsas a quienes la palabra amistad les venía grande pero sinceridad sin ambages derrocharon al no pretender disfrazarse, aunque a mí no me gustara su juego, ese era el traje que portaban.

Y ahora solo me quedan…, en una ocasión lo escribí; ¿quién iría mañana a mi entierro si muriera esta noche? Esos, esa media docena, son los que me quedan y los que disfruto y me disfrutan a tiempo parcial, pues la distancia, el terrible ritmo frenético del mundo y la puta vida nos ha separado.

Y hoy, que hago recuento de amigos de verdad y me sobran dedos, me doy cuenta de que en realidad soy amigo…

Soy amigo de mis amigos los de verdad, soy amigo de mi tierra y de mi ciudad, soy amigo de mi gente, soy amigo de aquellos que tienen un corazón que no les cabe en el mundo entero.

Soy amigo de la LIBERTAD, de la de verdad, no de la que nos creemos que tenemos y a todas luces nos falta. Soy amigo de la PALABRA, algo que de momento ningún político nos ha podido robar, soy amigo del ROCK AND ROLL, salud y rock and roll tengamos todos, soy amigo de los rebeldes de verdad (Lemy, va por ti) y odio a los rebeldes de salón (tú ya sabes que va por ti), soy amigo de bares y camareros (tú ya sabes por quien va), de tiendas y de tenderos (Charly va por ti), de libros y de libreros, de escribidores, de poemas, de poetas y poetos. Soy amigo de los molinos que NO admiten grano sucio, soy amigo de la Luna y admirador de Venus, soy amigo de tormentas cuando escampan, y soy amigo de besos y de versos.

Y sobre todo soy amigo de una bruja por la que bebo to los vientos, amigo soy de su boca, por sus besos, sus palabras, sus canciones y sus sabios consejos.

Y soy enemigo mío a muerte, por decir siempre lo que pienso, por ser tonto del culo y no saber practicar la hipocresía, ¡con lo fácil que es!, soy enemigo mío por no  pensar lo que digo, por dar rienda suelta al corazón y poner mordazas a la cabeza, soy enemigo mío por ser el mejor amigo de los perdedores, por liderar ejércitos derrotados, por hacer siempre mías todas las causas perdidas que encuentro.

Soy amigo del amanecer, que me indica con su existencia que sigo vivo.

Soy amigo del atardecer, de la belleza agridulce de los ocasos.

Soy amigo del anochecer, de las promesas que la oscuridad incumple.

Y como no soy Dios, sino demonio, me coso alas para volar hasta tu ventana, Ícaro derretido que siempre tras aparatosa caída regresa a los infiernos de los que jamás debí haber salido.